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16-Los Ultimos Dias
Élder Robert D. Hales Del Quórum de los Doce Apóstoles
[La] mano [del Señor] ha estado sobre la obra de la Restauración desde antes de la fundación de este mundo y continuará hasta Su Segunda Venida.
Este año conmemoramos el bicentenario del nacimiento del profeta José Smith. Testificamos al mundo que él fue el profeta de Dios preordenado para llevar a cabo la restauración del Evangelio de Jesucristo. Esto lo hizo bajo la dirección de nuestro Salvador, quien le dijo a un antiguo profeta: "Jehová es mi nombre, y conozco el fin desde el principio; por lo tanto, te cubriré con mi mano"1.
Reconozco la mano del Señor en la restauración del Evangelio. Mediante el inspirado sacrificio de los hijos de Dios a través de las edades, se estableció el fundamento de esa Restauración, y el mundo se prepara para la Segunda Venida de nuestro Señor y Salvador Jesucristo.
Su Evangelio se estableció por primera vez en la tierra con Adán y se ha enseñado en cada dispensación por medio de profetas como Enoc, Noé, Abraham, Moisés y otros. Cada uno de esos profetas predijo la venida de Jesucristo para expiar los pecados del mundo, y esas profecías se han cumplido. El Salvador estableció Su Iglesia, llamó a Sus apóstoles y estableció Su sacerdocio, pero lo más importante es que dio Su vida y la volvió a tomar para que todos nos levantáramos de nuevo, llevando a cabo así el sacrificio expiatorio. Pero ése no fue el fin.
Después de Su resurrección, el Salvador dio a Sus apóstoles la responsabilidad de dirigir la Iglesia y administrar las ordenanzas del Evangelio. Fieles a ese mandato, fueron perseguidos y algunos padecieron el martirio. Como resultado, la autoridad del sacerdocio del Señor dejó de estar en la tierra, y el mundo cayó en la oscuridad espiritual. En los siglos posteriores, los hijos de Dios tuvieron la Luz de Cristo, podían orar y podían sentir la influencia del Espíritu Santo, pero la plenitud del Evangelio se había perdido. En la tierra no quedaba nadie que tuviera el poder y la autoridad para dirigir la Iglesia o que efectuara ordenanzas sagradas como el bautismo, el otorgamiento del don del Espíritu Santo y las ordenanzas salvadoras del templo. A casi todas las personas se les negó el acceso a las Escrituras y la mayoría de ellas eran analfabetas.
El primer paso de la restauración del Evangelio fue hacer accesibles las Escrituras a los hijos de Dios y ayudarles a aprender a leerlas. Originalmente, la Biblia se escribió en hebreo y en griego, idiomas desconocidos para la gente común de Europa. Luego, unos 400 años después de la muerte del Salvador, Jerónimo tradujo la Biblia al latín; aún así, las Escrituras no estaban disponibles para un gran número de personas. Las copias había que hacerlas a mano, trabajo que por lo general hacían los monjes, y hacer cada una de ellas llevaba años.
Luego, mediante la influencia del Espíritu Santo, comenzó a crecer en el corazón de las personas el interés por el aprendizaje. Ese renacimiento se esparció por Europa, y a fines del siglo XIV, un sacerdote de nombre John Wiclef inició una traducción de la Biblia del latín al inglés. Debido a que en aquel entonces el inglés era un idioma emergente y poco refinado, los líderes de la Iglesia lo consideraron inapropiado para comunicar la palabra de Dios. Algunos líderes estaban seguros de que si las personas pudiesen leer e interpretar la Biblia ellos mismos, se corrompería la doctrina; otros temían que la gente que tuviera acceso independiente a las Escrituras no necesitaría la Iglesia y cesaría de apoyarla económicamente; por lo tanto, a Wiclef se le acusó de hereje, y se le trató como tal; después de que murió y se le sepultó, desenterraron sus huesos y los quemaron. Pero la obra de Dios no se pudo detener.
Aunque algunos fueron inspirados a traducir la Biblia, otros recibieron inspiración para preparar los medios para publicarla. Para 1455, Juan Gutenberg había inventado la imprenta de tipo móvil, y la Biblia fue uno de los primeros libros que imprimió. Por primera vez fue posible imprimir múltiples copias de las Escrituras a un precio asequible para muchos.
Mientras tanto, la inspiración de Dios también ejerció su influencia en los exploradores. En 1492, Cristóbal Colón se dispuso a encontrar una nueva ruta al Lejano Oriente, guiado por la mano de Dios en su jornada. Él dijo: "Dios me dio la fe y luego el valor"2.
Esos inventos y descubrimientos prepararon el camino para otras aportaciones. A principios del siglo XVI, el joven William Tyndale se matriculó en la Universidad de Oxford, donde estudió la obra de la Biblia realizada por el erudito Erasmo, quien creía que las Escrituras eran "el alimento para el alma [del hombre]; y… [que] deben penetrar hasta lo más profundo de [su] corazón y [su] mente"3. Por medio de sus estudios, Tyndale adquirió amor por la palabra de Dios y el deseo de que todos los hijos de Dios se deleitaran con dicha palabra.
Más o menos en esa época, un monje y profesor alemán llamado Martín Lutero señaló 95 puntos de error en la Iglesia de esa época, los cuales audazmente envió a sus superiores en una carta. En Suiza, Huldrych Zwingli imprimió 67 artículos de reforma. Juan Calvino, en Suiza, Juan Knox, en Escocia, y muchos otros ayudaron en esa labor. Se había iniciado la Reforma.
Mientras tanto, William Tyndale se había convertido en un sacerdote capacitado y hablaba ocho idiomas con fluidez. Él creía que una traducción directa del griego y del hebreo al inglés sería más exacta y más fácil de leer que la traducción que Wiclef había hecho del latín; por lo tanto, iluminado por el Espíritu de Dios, Tyndale tradujo el Nuevo Testamento y una parte del Antiguo Testamento. Sus amigos le advirtieron que perdería la vida si lo hacía, pero estaba decidido. Una vez, mientras discutía con un erudito, dijo: "Si Dios me salva la vida, en pocos años yo haré que un simple muchacho de granja sepa más que usted acerca de las Escrituras"4.
Con el tiempo, Tyndale, como otros, fue muerto por sus esfuerzos: fue estrangulado y quemado en la hoguera cerca de Bruselas. Pero la creencia por la cual había dado su vida no se perdió. Millones de personas han llegado a experimentar por sí mismas lo que Tyndale enseñó a lo largo de su vida: "La naturaleza de la palabra de Dios es que todo el que la lea... comience a mejorar de inmediato y día a día, hasta desarrollarlo y convertirlo en hombre perfecto"5.
Las épocas de turbulencia política produjeron cambios. Debido a desacuerdos con la Iglesia de Roma, el rey Enrique VIII se declaró a sí mismo cabeza de la Iglesia en Inglaterra y mandó que se colocaran copias de la Biblia en inglés en cada una de las parroquias. La gente, que tenía hambre del Evangelio, acudió a esas Iglesias, y se leían las Escrituras unos a otros hasta que se quedaban sin voz. La Biblia también se utilizaba como texto básico de enseñanza de la lectura. Aunque los martirios continuaron a través de Europa, la noche oscura de la ignorancia estaba llegando a su fin. Un predicador declaró antes de ser quemado: "Este día, por la gracia de Dios, encenderemos esa luz en Inglaterra, que confío nunca se extinguirá"6.
Expresamos gratitud a todos lo que vivieron en Inglaterra y a lo largo y ancho de Europa y que ayudaron a encender esa luz. Por la gracia de Dios, la luz se volvió más brillante. El rey Santiago I, de Inglaterra, consciente de las divisiones que existían en su propio país, accedió a la preparación de una nueva versión oficial de la Biblia. Se calcula que en la versión del rey Santiago7 se retuvo más del 80 por ciento de la traducción que William Tyndale hizo del Nuevo Testamento y una gran parte del Antiguo Testamento (el Pentateuco, o sea, desde Génesis hasta Deuteronomio, y desde Josué hasta Crónicas). Con el tiempo, esa versión llegaría a una nueva tierra, donde la leería un muchacho de granja de catorce años llamado José Smith. ¿Es de sorprender que la versión del rey Santiago sea la versión de la Biblia en inglés aprobada por La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días en la actualidad?
La persecución religiosa en Inglaterra continuó bajo Carlos, el hijo de Santiago, y muchos fueron motivados a buscar la libertad en nuevas tierras, entre ellos los peregrinos que desembarcaron en las Américas en 1620, la parte del mundo que Cristóbal Colón había explorado hacía más de cien años. Al poco tiempo, siguieron otros colonizadores, entre ellos Roger Williams, fundador y más tarde gobernador de Rhode Island, que seguía buscando la Iglesia verdadera de Cristo. Williams dijo que no existía ninguna Iglesia de Cristo debidamente constituida sobre la tierra, ni persona alguna autorizada para administrar ninguna de las ordenanzas de la Iglesia, ni que la podría haber hasta que fuesen enviados nuevos apóstoles por el gran Director de la Iglesia, cuya venida él buscaba"8.
Más de un siglo después, ese mismo sentimiento religioso guió a los fundadores de una nueva nación que surgió en el continente americano. Guiados por la mano de Dios, consiguieron la libertad religiosa para todo ciudadano mediante la inspirada Declaración de Derechos. Catorce años más tarde, el 23 de diciembre de 1805, nació el profeta José Smith. La preparación ya casi estaba lista para la Restauración.
Siendo José un joven, "invad[ió] su mente una seria reflexión"9 en cuanto al tema de la religión. Debido a que nació en una tierra que permitía la libertad religiosa, él podía cuestionar cuál de las Iglesias estaba en lo cierto, y ya que la Biblia estaba traducida al inglés, podía buscar una respuesta en la palabra de Dios. En el libro de Santiago, él leyó: "Y si alguno de vosotros tiene falta de sabiduría, pídala a Dios"10, e hizo lo indicado. Como respuesta a la oración de José, aparecieron a éste Dios el Padre y Su Hijo Jesucristo11. Ese humilde niño de granja fue el profeta escogido por Dios para restaurar la antigua Iglesia de Jesucristo y Su sacerdocio en estos últimos días. Dicha Restauración iba a ser la última dispensación, la dispensación del cumplimiento de los tiempos, pues restauraría todas las bendiciones del sacerdocio que el hombre podría poseer en la tierra. Con ese mandato divino, su obra no era la de reformar lo que ya estaba sobre la tierra, ni la de oponerse a ella, sino la de restaurar lo que había habido en la tierra y que se había perdido.
La Restauración comenzó con la Primera Visión en 1820 y continuó con la salida a la luz del Libro de Mormón: Otro Testamento de Jesucristo. El 21 de septiembre de 1823, José Smith recibió la visita del ángel Moroni, que le enseñó en cuanto a un registro antiguo que contenía "la plenitud del evangelio eterno… en preparación para la segunda venida del Mesías"12. Escrito en planchas de oro, el Libro de Mormón da un recuento del ministerio de Cristo en el hemisferio occidental, tal como la Biblia registra Su vida y Su ministerio en la Tierra Santa. José recibió las planchas de oro cuatro años más tarde y, en diciembre de 1827, comenzó a traducir el Libro de Mormón13.
Mientras traducía, José Smith y su escribiente Oliver Cowdery leyeron sobre el bautismo. Su deseo de recibir esa bendición dio lugar a la restauración del Sacerdocio Aarónico el 15 de mayo de 1829, de manos de Juan el Bautista14.
A eso le siguió la restauración del Sacerdocio de Melquisedec, que le fue otorgado a José y a Oliver de manos de los apóstoles Pedro, Santiago y Juan, quienes poseían las llaves. Después de siglos de oscuridad espiritual, el poder y la autoridad de actuar en el nombre de Dios, de efectuar ordenanzas sagradas y de dirigir Su Iglesia se encontraban nuevamente sobre la tierra.
Las primeras copias impresas del Libro de Mormón se publicaron el 26 de marzo de 1830. Unos días más tarde, el 6 de abril, la Iglesia verdadera de Cristo en estos últimos días se organizó nuevamente en la casa de Peter Whitmer, padre, en Fayette, Nueva York. Al describir los efectos de esos sucesos en el mundo, el élder Parley P. Pratt escribió:
Ya rompe el alba de la verdad y en Sión se deja ver, tras noche de obscuridad,… el día glorioso amanecer15.
La larga noche finalmente había terminado y la revelación fluía, dando como resultado Escrituras adicionales. Doctrina y Convenios fue aceptada por la Iglesia el 17 de agosto de 1835. La traducción del libro de Abraham en la Perla de Gran Precio también se inició ese año.
Al poco tiempo se otorgó más autoridad para actuar en el nombre del Señor. El Templo de Kirtland se dedicó el 27 de marzo de 183616, y allí el Salvador se apareció a José Smith y a Oliver Cowdery, donde posteriormente aparecieron Moisés, Elías y Elías el profeta, quienes entregaron llaves adicionales del sacerdocio al Profeta17.
Esta luz del Evangelio nunca más sería quitada de la tierra. En 1844, José Smith confirió todas las llaves del sacerdocio a Brigham Young, a John Taylor, a Wilford Woodruff y a los demás apóstoles. El Profeta dijo: "He vivido hasta ver la carga que descansaba sobre mis hombros, pasar a los de otros hombres... las llaves del reino están plantadas en la tierra para nunca más ser quitadas... No importa qué me suceda a mí"18. Lamentablemente, tres meses después, el 27 de junio, José Smith el Profeta y su hermano Hyrum padecieron el martirio en Carthage, Illinois.
El élder John Taylor, quien estuvo con el Profeta en su martirio, testificó de él: "José Smith, el Profeta y Vidente del Señor, ha hecho más por la salvación del hombre en este mundo, que cualquier otro que ha vivido en él, exceptuando sólo a Jesús"19.
Testifico que la obra del profeta José Smith es la obra del Salvador. En el servicio del Señor la senda no siempre es fácil; muchas veces requiere sacrificios y seguramente pasaremos adversidades. Pero al servirle, descubrimos que Su mano ciertamente nos cubre. Así fue para Wiclef, Tyndale y miles más que prepararon el camino de la Restauración. Así fue para el profeta José Smith y todos aquellos que ayudaron a introducir el Evangelio restaurado. Así es y será para nosotros.
El Señor espera que seamos tan fieles, devotos y valientes como aquellos que nos antecedieron. A ellos se los llamó a dar la vida por el Evangelio. A nosotros se nos llama a vivir por el mismo propósito. En éstos, los últimos días, tenemos motivos especiales para hacerlo.
Antes de esa sagrada noche en Belén, los sucesos de la historia y las palabras de los profetas de todas las dispensaciones prepararon el camino para la primera venida del Señor y Su Expiación. De manera similar, la historia y las profecías establecieron el fundamento para la restauración del Evangelio por medio del profeta José Smith. ¿Tenemos ojos para ver que los sucesos y las profecías de nuestra época están preparándonos para la Segunda Venida del Salvador?
Doy testimonio especial de que nuestro Salvador Jesucristo vive. Testifico que Su mano ha estado sobre la obra de la Restauración desde antes de la fundación de este mundo y continuará hasta Su Segunda Venida.
Que cada uno de nosotros se prepare para recibirlo, es mi humilde oración, en el santo nombre de Jesucristo. Amén.
Notas
1. Abraham 2:8.
2. Citado en Mark E. Petersen, The Great Prologue, 1975, pág. 29.
3. Citado en Benson Bobrick, Wide as the Waters: The Story of the English Bible and the Revolution It Inspired, 2001, pág. 89.
4. Citado en S. Michael Wilcox, Fire in the Bones: William Tyndale: Martyr, Father of the English Bible, 2004, pág. 47.
5. Citado en Wilcox, Fire in the Bones, xv.
6. Citado en Bobrick, Wide as the Waters, pág. 168; véase también James E. Kiefer, Biographical Sketches of Memorable Christians of the Past, "Hugh Latimer, Bishop and Martyr", http://justus.anglican .org/resources/bio/269.html.
7. Véase, Wilcox, Fire in the Bones, páginas 125–126, 197; Fox"s Book of Martyrs, William Byron Forbush, ed., 1926, pág. 181.
8. Véase, William Cullen Bryant, ed., Picturesque America; or, the Land We Live In, 2 tomos. (1872–1874), tomo 1, págs. 500–502; véase también, LeGrand Richards, Una Obra Maravillosa y un Prodigio, 1973, pág. 26.
9. José Smith—Historia 1:8.
10. Santiago 1:5.
11. Véase José Smith—Historia 1:11–20.
12. El Libro de Mormón, introducción.
13. Véase José Smith—Historia 1:27–62.
14. Véase D. y C. 13; José Smith—Historia 1:66–72; La historia de la Iglesia en la dispensación del cumplimiento de los tiempos, 1993, pág. 60.
15. "Ya rompe el alba", Himnos, Nº 1.
16. Véase D. y C. 109.
17. Véase D. y C. 110.
18. Citado por Wilford Woodruff en Deseret News, 21 de diciembre de 1869, pág 2.
19. D. y C. 135:3.
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ÉLDER DALLIN H. OAKS Del Quórum de los Doce Apóstoles
Tenemos que hacer preparativos… espirituales para los acontecimientos profetizados para la Segunda Venida.

En la revelación moderna tenemos la promesa de que si estamos preparados no debemos temer (véase D. y C. 38:30). Llegué a conocer ese principio hace 60 años este verano cuando llegué a ser Boy Scout y aprendí el lema scout: "Siempre listos". Hoy me he sentido inspirado a hablar acerca de la importancia de la preparación para un acontecimiento futuro de suprema importancia para cada uno de nosotros: la segunda venida del Señor.
En las Escrituras abundan las referencias acerca de la Segunda Venida, un acontecimiento que los justos esperan con ansias, y al que temen o niegan los inicuos. Los fieles de todos los tiempos han meditado en la secuencia y el significado de los muchos acontecimientos profetizados que precederían y seguirían a ese momento sumamente importante de la historia.
Hay cuatro asuntos irrefutables para los Santos de los Últimos Días: (1) el Salvador regresará a la tierra con poder y gran gloria para reinar personalmente durante un Milenio de rectitud y paz. (2) Al momento de Su venida habrá una destrucción de los inicuos y una resurrección de los justos. (3) Nadie sabe el tiempo de Su venida, pero (4) a los fieles se les enseña a estudiar las señales de la Venida y estar preparados para ella. Deseo hablar acerca del cuarto punto de estas grandes realidades: las señales de la Segunda Venida y lo que debemos hacer para estar preparados para ella.
I.
El Señor ha declarado: "Y acontecerá que el que me teme estará esperando que llegue el gran día del Señor, sí, las señales de la venida del Hijo del Hombre", señales que "se manifestarán arriba en los cielos y abajo en la tierra" (D. y C. 45:39–40).
El Salvador enseñó esto en la parábola de la higuera cuyas tiernas ramas nuevas dan una señal de la llegada del verano; "así igualmente", cuando los escogidos vean las señales de Su venida "sabrán que Él está cerca, sí, a las puertas" (José Smith—Mateo 1:38–39; véase también Mateo 24:32–33; D. y C. 45:37–38).
En las profecías bíblicas y modernas hay muchas señales de la Segunda Venida, entre ellas: - 1. La plenitud del Evangelio, restaurado y predicado en todo el mundo como testimonio a todas las naciones.
- 2. Falsos cristos y falsos profetas que engañan a muchos.
- 3. Guerras y rumores de guerra, con nación levantándose contra nación.
- 4. Terremotos en diversos lugares.
- 5. Hambruna y pestilencia.
- 6. Una plaga arrasadora, una enfermedad desoladora cubrirá la tierra.
- 7. La iniquidad abunda.
- 8. Toda la tierra en conmoción; y
- 9. El corazón de los hombres desmaya.
(Véase Mateo 24:5–15; José Smith—Mateo 1:22, 28–32; D. y C. 45:26–33).
En otra revelación, el Señor declara que algunas de esas señales son Su voz que llama a Su pueblo al arrepentimiento.
"¡Escuchad, oh naciones de la tierra, y oíd las palabras del Dios que os hizo!…
"¡Cuántas veces os he llamado por boca de mis siervos y por la ministración de ángeles, y por mi propia voz y por la de los truenos y la de los relámpagos y la de las tempestades; y por la voz de terremotos y de fuertes granizadas, y la de hambres y pestilencias de todas clases… y os hubiera salvado con una salvación sempiterna, mas no quisisteis!" (D. y C. 43:23, 25).
Esas señales de la Segunda Venida nos rodean y parecen ir aumentando en frecuencia e intensidad. Por ejemplo, en la lista de los terremotos más devastadores en The World Almanac and Book of Facts 2004 [El almanaque mundial y el anuario 2004], figura el doble de terremotos en las décadas de los años de 1980 y de 1990 que en las dos décadas anteriores (págs. 189–190); también figura un aumento considerable en los primeros años de este siglo. La lista de notables inundaciones, maremotos, huracanes, tifones y ventiscas en todo el mundo muestra aumentos similares en años recientes (págs. 188–189). El incremento, al compararlo con hace 50 años, se puede descartar al atribuirlo a los cambios en la forma de rendir los informes, pero el patrón acelerado de los desastres naturales en las últimas décadas es aterrador.
II.
Otra señal de los tiempos es el recogimiento de los fieles (véase D. y C. 133:4). En los primeros años de esta última dispensación, el recogimiento en Sión comprendía varios lugares de los Estados Unidos: en Kirtland, en Misuri, en Nauvoo y en la cima de las montañas. Aquellos recogimientos siempre fueron hacia futuros templos. Con la creación de estacas y la construcción de templos en muchas naciones con un número considerable de miembros, el mandamiento actual no es de congregarse en un lugar sino en las estacas de nuestros propios países. Allí, los fieles pueden disfrutar todas las bendiciones de la eternidad en una casa del Señor. Allí, en su tierra natal, pueden obedecer el mandamiento del Señor de ensanchar las fronteras de Su pueblo y fortalecer las estacas de Sión (véase D. y C. 101:21; 133:9, 14). De esa forma, las estacas de Sión son "para defensa y para refugio contra la tempestad y contra la ira, cuando sea derramada sin mezcla sobre toda la tierra" (D. y C. 115:6).
III.
Aunque no podemos hacer nada para alterar la realidad de la Segunda Venida y no podemos saber el momento exacto en que ocurrirá, podemos acelerar nuestra propia preparación y tratar de influir en la preparación de quienes nos rodean.
Una parábola que contiene una enseñanza importante y desafiante sobre este tema es la parábola de las diez vírgenes, sobre la cual, el Señor dijo: "Y en aquel día, cuando yo venga en mi gloria, se cumplirá la parábola que hablé acerca de las diez vírgenes" (D. y C. 45:56).
Esta parábola, que aparece en el capítulo 25 de Mateo, contrasta las circunstancias de las cinco vírgenes insensatas y de las cinco prudentes. Las diez fueron invitadas a la fiesta de bodas, pero sólo la mitad se preparó con aceite en sus lámparas cuando llegó el esposo. Las cinco que estaban preparadas entraron en la fiesta de bodas y se cerró la puerta; las cinco que habían demorado su preparación llegaron tarde; la puerta estaba cerrada y el Señor no las dejó entrar, diciendo: "…no os conozco" (ver. 12). "Velad, pues", concluyó el Señor, "porque no sabéis el día ni la hora en que el Hijo del Hombre ha de venir" (ver. 13).
Los cálculos aritméticos de esta parábola son espeluznantes. Las diez vírgenes obviamente representan a los miembros de la Iglesia de Cristo porque todas fueron invitadas a las fiestas de bodas y todas sabían lo que se requería para ser admitidas cuando el esposo llegara, pero sólo la mitad estuvo lista cuando Él llegó.
La revelación moderna contiene esta enseñanza que el Señor mencionó a los primeros líderes de la Iglesia:
"Y después de vuestro testimonio vienen la ira y la indignación sobre el pueblo.
"Porque después de vuestro testimonio viene el testimonio de terremotos…
"Y… el testimonio de la voz de truenos, y la voz de relámpagos, y la voz de tempestades, y la voz de las olas del mar que se precipitan allende sus límites.
"Y todas las cosas estarán en conmoción; y de cierto, desfallecerá el corazón de los hombres, porque el temor vendrá sobre todo pueblo.
"Y ángeles volarán por en medio del cielo, clamando en voz alta, tocando la trompeta de Dios, diciendo: Preparaos, preparaos, oh habitantes de la tierra, porque el juicio de nuestro Dios ha llegado. He aquí, el Esposo viene; salid a recibirlo" (D. y C. 88:88–92).
IV.
Hermanos y hermanas, tal como se enseña en el Libro de Mormón: "…esta vida es cuando el hombre debe prepararse para comparecer ante Dios… el día de esta vida es el día en que el hombre debe ejecutar su obra" (Alma 34:32). ¿Nos estamos preparando?
En Su prefacio a nuestra compilación de revelación moderna, el Señor declara: "Preparaos, preparaos para lo que ha de venir, porque el Señor está cerca" (D. y C. 1:12).
El Señor también advirtió:
"Sí, óigase el pregón entre todo pueblo: Despertad y levantaos y salid a recibir al Esposo; he aquí, el Esposo viene; salid a recibirlo. Preparaos para el gran día del Señor" (D. y C. 133:10; véase también D. y C. 34:6).
Siempre se nos advierte que no podemos saber el día ni la hora de Su venida. En el capítulo 24 de Mateo, Jesús enseñó:
"Velad, pues; porque no sabéis a qué hora ha de venir vuestro Señor.
"Pero sabed esto, que si el padre de familia supiese a que hora el ladrón habría de venir, velaría, y no dejaría minar su casa" (Mateo 24:42–43); "antes habría estado prevenido" (José Smith—Mateo 1:47).
"Por tanto, también vosotros estad preparados; porque el Hijo del Hombre vendrá a la hora que no pensáis" (Mateo 24:44; véase también D. y C. 51:20).
¿Qué tal si el día de Su venida fuese mañana? Si supiéramos que mañana nos encontraríamos con el Señor, ya fuese por medio de nuestra muerte prematura o de Su inesperada venida, ¿qué haríamos hoy? ¿Qué confesiones haríamos? ¿Qué dejaríamos de hacer? ¿Qué problemas o desacuerdos solucionaríamos? ¿A quién perdonaríamos? ¿De qué cosas testificaríamos?
Si entonces hiciésemos esas cosas, ¿por qué no ahora? ¿Por qué no procurar la paz mientras se puede alcanzar? Si las lámparas de nuestra preparación están casi vacías, empecemos de inmediato a llenarlas.
Tenemos que hacer preparativos tanto temporales como espirituales para los acontecimientos profetizados para la Segunda Venida; y la preparación que es más probable que descuidemos es la menos visible y la más difícil: la espiritual. Un equipo de emergencia de 72 horas puede ser de valor para los desafíos terrenales, pero tal como lamentablemente lo aprendieron las vírgenes insensatas, un equipo de emergencia de 24 horas de preparación espiritual tiene un valor más grande y perdurable.
V.
Vivimos en el tiempo profetizado "cuando la paz será quitada de la tierra" (D. y C. 1:35), cuando "todas las cosas estarán en conmoción" y "desfallecerá el corazón de los hombres" (D. y C. 88:91). Hay muchas cosas temporales de conmoción, incluso las guerras y los desastres naturales, pero una causa aún más grande de "conmoción" actual es la espiritual.
Al contemplar nuestro entorno por medio del lente de la fe y con una perspectiva eterna, vemos a nuestro alrededor el cumplimiento de la profecía de que "el diablo tendrá poder sobre su propio dominio" (D. y C. 1:35). Nuestro himno describe: "Ya la hueste enemiga se apresta a luchar" ("Juventud de Israel", Himnos, Nº 168, 2da estrofa); y así es.
La maldad que solía estar restringida a un lugar y se cubría como un furúnculo ahora se ha legalizado y se exhibe con orgullo; las raíces y baluartes más fundamentales de la civilización se ponen en tela de juicio y se atacan; las naciones rechazan su herencia religiosa; las responsabilidades del matrimonio y la familia se abandonan como impedimentos para la satisfacción personal; las películas, las revistas y la televisión, que moldean nuestras actitudes, están llenas de historias e imágenes que representan a los hijos de Dios como bestias predatorias, o en su mejor caso, como creaciones triviales que buscan nada más que el placer personal. Y muchos de nosotros aceptamos eso como entretenimiento.
Los hombres y las mujeres que realizaron sacrificios heroicos para combatir a gobiernos malvados en el pasado fueron moldeados por los valores que están desapareciendo de nuestra enseñanza pública. Lo bueno, lo verídico y lo hermoso está siendo reemplazado por lo que de nada sirve, por la indiferencia y por lo que proviene del impulso personal que no tiene ningún valor. No es de sorprender que muchos de nuestros jóvenes y adultos queden atrapados en la pornografía, en la costumbre pagana de perforarse partes del cuerpo, en la búsqueda egoísta del placer, en la conducta deshonesta, en la ropa inmodesta, en el lenguaje profano y en el degradante abuso del sexo.
Un número cada vez mayor de personas que controlan o establecen la opinión pública y sus seguidores niegan la existencia del Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob y sólo veneran a los dioses del mundo. Muchas personas en posiciones de poder e influencia niegan lo bueno y lo malo, según ha sido definido por decreto divino. Aun entre aquellos que profesan creer en lo bueno y lo malo, hay quienes "a lo malo dicen bueno, y a lo bueno malo" (Isaías 5:20; 2 Nefi 15:20). Muchos también niegan la responsabilidad individual y practican la dependencia en los demás procurando, como las vírgenes insensatas, vivir de cosas prestadas y de la luz prestada.
Todo esto es doloroso a la vista de nuestro Padre Celestial que ama a todos Sus hijos y que prohíbe toda práctica que impida a cualquiera regresar a Su presencia.
¿Cuál es la situación de nuestra preparación personal para la vida eterna? El pueblo de Dios siempre ha sido un pueblo de convenio. ¿Cuán bien cumplimos los convenios, incluso las sagradas promesas que hicimos en las aguas del bautismo, al recibir el Santo Sacerdocio y en los templos de Dios? ¿Hacemos promesas que no cumplimos; y somos creyentes que no actuamos según lo que creemos?
¿Seguimos el mandamiento del Señor de "…permaneced en lugares santos y no seáis movidos, hasta que venga el día del Señor; porque he aquí, viene pronto" (D. y C. 87:8)? ¿Cuáles son esos "lugares santos?". Por cierto incluyen el templo y sus convenios fielmente guardados; ciertamente incluyen el hogar donde se atesora a los hijos y se respeta a los padres; por seguro los lugares santos incluyen los puestos de deberes asignados por la autoridad del sacerdocio, incluso las misiones y los llamamientos que se cumplen fielmente en las ramas, los barrios y las estacas.
Tal como el Salvador lo enseñó en Su profecía acerca de la Segunda Venida, bienaventurado es "el siervo fiel y prudente" que esté cumpliendo con su deber cuando el Señor venga (véase Mateo 24:45–46). Así como el profeta Nefi enseñó acerca de aquel día "…los justos no tienen por qué temer" (1 Nefi 22:17; véase también 1 Nefi 14:14; D. y C. 133:44); y la revelación moderna promete que "…el Señor tendrá poder sobre sus santos" (D. y C. 1:36).
Por doquier nos rodean desafíos (véase 2 Corintios 4:8–9), pero con fe en Dios, confiamos en las bendiciones que Él ha prometido a quienes guarden Sus mandamientos. Tenemos fe en el futuro y nos estamos preparando para ese futuro. Utilizando una metáfora del conocido mundo de las competiciones atléticas, no sabemos cuándo terminará este partido y no sabemos cuál será el resultado final, pero lo que sí sabemos es que cuando el partido termine, nuestro equipo sale vencedor. Seguiremos avanzando "hasta que se cumplan los propósitos de Dios, y el gran Jehová diga que la obra está concluida" (History of the Church, 4:540).
"Por lo tanto", nos dice el Salvador, "sed fieles, orando siempre, llevando arregladas y encendidas vuestras lámparas, y una provisión de aceite, a fin de que estéis listos a la venida del Esposo. Porque he aquí, de cierto, de cierto os digo, que yo vengo pronto" (D. y C. 33:17–18).
Testifico de Jesucristo; testifico que Él vendrá, como lo ha prometido y ruego que estemos preparados para recibirlo. En el nombre de Jesucristo. Amén.
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Presidente Gordon B. Hinckley
"Nuestra seguridad yace en el arrepentimiento. Nuestra fortaleza proviene de la obediencia a los mandamientos de Dios".
Mis queridos hermanos y hermanas, acepto esta oportunidad con humildad. Ruego tener la guía del Espíritu en lo que vaya a decir.
Me acaban de entregar un recado que dice que se ha iniciado el ataque de misiles por parte de los Estados Unidos. No es necesario recordarles que vivimos en tiempos peligrosos. Quisiera hablar en cuanto a estos tiempos y nuestras circunstancias como miembros de la Iglesia.
Tienen ustedes plena conciencia de los acontecimientos acaecidos el 11 de septiembre, hace menos de un mes. A raíz de ese despiadado y atroz ataque nos vemos precipitados a un estado de guerra. Es la primera guerra del siglo 21. El último siglo se ha descrito como el más arrasado por la guerra en la historia de la humanidad. Estamos a punto de entrar en otra peligrosa empresa, el desenlace y el final de la cual aún desconocemos. Por primera vez, desde que nos convertimos en una nación, Estados Unidos ha sido seriamente atacada en su masa territorial. Pero éste no fue un ataque tan sólo contra los Estados Unidos; fue un ataque sobre hombres y naciones de buena voluntad de todas partes. Estuvo bien planeado, se llevó a cabo con audacia, y los resultados fueron desastrosos. Se calcula que murieron más de 5.000 personas inocentes. Entre ellas se contaban muchas de otras naciones; fue un acto cruel y astuto, de absoluta maldad.
Recientemente, en compañía de varios líderes religiosos nacionales, fui invitado a la Casa Blanca para reunirnos con el presidente. Al hablarnos, fue franco y sincero.
Esa misma noche, se dirigió al Congreso y a la nación con palabras inequívocas en cuanto a la determinación de Estados Unidos y de sus aliados de ir en busca de los terroristas que fueron responsables del planeamiento de esa terrible tragedia y de cualquiera que les extendiera albergue.
Ahora nos preparamos para la guerra; se han movilizado grandes fuerzas y continuarán haciéndolo; se están forjando alianzas políticas. No sabemos cuánto tiempo durará ese conflicto; no sabemos lo que costará en vidas y en dinero; no sabemos la forma en que se llevará a cabo. Podría impactar la obra de la Iglesia de varias maneras.
Nuestra economía nacional ha sufrido un golpe a causa de ello; ya estaba teniendo dificultades, y esto ha venido a empeorar la situación. Muchas personas están perdiendo sus trabajos; entre nuestros miembros, esto podría afectar las necesidades del programa de Bienestar, así como los diezmos de la Iglesia. Podría afectar nuestro programa misional.
Somos ya una organización global; tenemos miembros en más de 150 naciones. Es posible que la administración de este vasto programa mundial se haga más difícil.
Aquellos de nosotros que somos ciudadanos norteamericanos apoyamos firmemente al presidente de nuestra nación. Se debe hacer frente a las terribles fuerzas del mal y hacérseles responsables de sus acciones. Éste no es un asunto de cristianos contra musulmanes. Me complace ver que se estén donando alimentos para la gente hambrienta de una de esas naciones que es el blanco de operaciones militares. Valoramos a nuestros vecinos musulmanes a través del mundo y esperamos que aquellos que viven de acuerdo con los principios de su fe no vayan a sufrir. Suplico, de modo particular, que de ninguna manera nuestros miembros sean cómplices en la persecución de los inocentes. En vez de ello, seamos amigables y prestemos ayuda, protección y apoyo. Son las organizaciones terroristas las que se deben descubrir y derrotar.
Nosotros, los de esta Iglesia, sabemos algo en cuanto a ese tipo de grupos. En el Libro de Mormón se habla de los ladrones de Gadiantón, una despiadada organización secreta, vinculada con juramentos, empeñada en la maldad y la destrucción. En aquella época, hicieron todo lo posible, mediante cualquier medio, de acabar con la Iglesia, de atraer a la gente con la sofistería y a tomar control de la sociedad. Vemos la misma cosa en la situación actual.
Somos gente pacífica; somos seguidores del Cristo que fue y es el Príncipe de Paz. Pero hay ocasiones en las que tenemos que defender la rectitud y la decencia, la libertad y la civilización, tal como Moroni congregó a su pueblo en su época para defender a sus esposas y a sus hijos y la causa de la libertad (véase Alma 48:10).
La otra noche, en el programa de televisión de Larry King se me preguntó qué pensaba de aquellas personas que, en el nombre de su religión, llevaban a cabo actividades tan abominables. Contesté: "La religión no ofrece protección para la iniquidad, la maldad ni ese tipo de cosas. El Dios en el que yo creo no fomenta esa clase de acciones. Él es un Dios de misericordia; Él es un Dios de amor; Él es un Dios de paz y consuelo, y acudo a Él en tiempos como éste como guía y una fuente de fortaleza".
Los miembros de la Iglesia en ésta y otras naciones están participando actualmente con muchos otros en una gran empresa internacional. En la televisión vemos a los que están en el servicio militar despidiéndose de seres queridos, sin saber si volverán. Está afectando los hogares de nuestros miembros. Unidos, como Iglesia, debemos arrodillarnos e invocar los poderes del Todopoderoso en beneficio de aquellos que llevarán la carga de esta campaña.
Nadie sabe cuánto tiempo durará; nadie sabe precisamente dónde se lidiará; nadie sabe lo que pueda implicar. El tamaño y la naturaleza de la tarea que hemos emprendido son imposibles de prever por el momento.
Son ocasiones como éstas las que repentinamente nos hacen darnos cuenta que esta vida es frágil, que la paz es frágil, que la civilización misma es frágil. La economía en particular es vulnerable. Una y otra vez se nos ha aconsejado en cuanto a la autosuficiencia, en cuanto a las deudas, en cuanto a la frugalidad. Muchos de nuestros miembros están sumamente endeudados por cosas que no son del todo necesarias. Cuando yo era joven, mi padre me aconsejó que construyera una casa modesta, que satisficiera las necesidades de mi familia, y que la hiciera hermosa, atractiva, cómoda y segura. Me aconsejó que pagara la hipoteca tan rápidamente como pudiera para que, no importara lo que sucediera, tuviera un techo para mi esposa y mis hijos. Me crié con ese modo de pensar. Insto a los miembros de la Iglesia que de lo posible salgan de sus deudas, y que tengan un poco de dinero en reserva para tiempos de necesidad.
No podemos proveer para toda contingencia, pero sí podemos proveer para muchas contingencias. Que la actual situación nos sirva de recordatorio de que eso es lo que debemos hacer.
Tal como se nos ha aconsejado continuamente durante más de 60 años, almacenemos alimentos que nos sostengan durante un tiempo en caso de necesidad, pero no nos llenemos de pánico ni nos vayamos a los extremos; seamos prudentes en todo respecto. Y sobre todo, mis hermanos y hermanas, sigamos adelante con fe en el Dios Viviente y en Su Hijo Amado.
Grandiosas son las promesas en cuanto a esta tierra de América. Inequívocamente se nos dice que "es una tierra escogida, y cualquier nación que la posea se verá libre de la esclavitud, y del cautiverio, y de todas las otras naciones debajo del cielo, si tan sólo sirve al Dios de la tierra, que es Jesucristo" (Éter 2:12). Éste es el meollo del asunto: la obediencia a los mandamientos de Dios.
La Constitución bajo la cual vivimos y la cual no sólo nos ha bendecido sino que se ha convertido en el modelo para otras constituciones, es nuestra seguridad nacional inspirada por Dios, que asegura libertad, justicia e igualdad ante la ley.
No sé lo que nos deparará el futuro; no deseo sonar negativo, pero quisiera recordarles las advertencias de las Escrituras y las enseñanzas de los profetas que hemos tenido constantemente ante nosotros.
No puedo olvidar la gran lección del sueño de Faraón sobre las vacas gordas y las flacas y sobre las espigas hermosas y las marchitas.
No puedo quitar de mi mente las desalentadoras amonestaciones del Señor que se encuentran en el capítulo 24 de Mateo.
Estoy familiarizado, al igual que ustedes, con las declaraciones de la revelación moderna de que vendrá el tiempo en que la tierra será limpiada y habrá aflicciones indescriptibles, con llanto, lloro y lamentación (véase D. y C. 112:24).
Ahora bien, no quiero ser un alarmista; no quiero ser un profeta de calamidades. Soy optimista. No creo que haya llegado el tiempo en el que una total destrucción acabe con nosotros. Ruego fervientemente que no sea así. Hay tanto aún por hacer de la obra del Señor. Nosotros, y nuestros hijos después que nosotros, debemos llevarla a cabo.
Les aseguro que nosotros, los que somos responsables de la administración de los asuntos de la Iglesia, seremos prudentes y cuidadosos como hemos tratado de serlo en el pasado. Los diezmos de la Iglesia son sagrados. Se distribuyen de la manera que el Señor mismo dispone. Nos hemos convertido en una organización sumamente grande y compleja; llevamos a cabo muchos programas extensos y costosos, pero les aseguro que no excederemos nuestros ingresos. No pondremos a la Iglesia en deuda; adaptaremos lo que hagamos a los recursos disponibles.
Cuán agradecido estoy por la ley del diezmo; es la ley de finanzas del Señor. Se establece en breves palabras en la sección 119 de Doctrina y Convenios. Proviene de la sabiduría del Señor. A todo hombre y mujer, a todo niño y niña, a toda criatura de esta Iglesia que pague un diezmo justo, sea grande o pequeño, expreso mi gratitud por la fe de sus corazones. Les recuerdo a ustedes, y a aquellos que no pagan diezmos pero que deberían hacerlo, que el Señor ha prometido maravillosas bendiciones (véase Malaquías 3:10–12). También ha prometido que "el que es diezmado no será quemado en su venida" (D. y C. 64:23).
Expreso agradecimiento a los que pagan ofrendas de ayuno. El costo para el donante es nada más que dos comidas al mes. Esto es el fundamento de nuestro Programa de Bienestar, cuyo objetivo es ayudar a los necesitados.
Ahora bien, todos sabemos que la guerra, la contención, el odio, el sufrimiento de la peor clase no son cosas nuevas. El conflicto que vemos hoy día es tan sólo otra expresión del conflicto que empezó con la guerra en los cielos. Cito del libro de Apocalipsis:
"Después hubo una gran batalla en el cielo: Miguel y sus ángeles luchaban contra el dragón; y luchaban el dragón y sus ángeles;
"pero no prevalecieron, ni se halló ya lugar para ellos en el cielo.
"Y fue lanzado fuera el gran dragón, la serpiente antigua, que se llama diablo y Satanás, el cual engaña al mundo entero; fue arrojado a la tierra, y sus ángeles fueron arrojados con él.
"Entonces oí una gran voz en el cielo, que decía: Ahora ha venido la salvación, el poder, y el reino de nuestro Dios, y la autoridad de su Cristo" (Apocalipsis 12:7–10).
Eso debió haber sido un terrible conflicto. Las fuerzas del mal luchaban contra las fuerzas del bien. El gran impostor, el hijo de la mañana, fue derrotado y desterrado, llevando consigo un tercio de las huestes de los cielos.
El libro de Moisés y el libro de Abraham proporcionan luz adicional en cuanto a esa lucha. Satanás habría despojado al hombre de su albedrío y hubiera tomado para sí todo el mérito, el honor y la gloria. En oposición a esto se encontraba el plan del Padre, el cual el Hijo afirmó que cumpliría, bajo el cual Él vino a la tierra y dio Su vida para expiar los pecados de la humanidad.
Desde los días de Caín hasta la actualidad, el adversario ha sido el gran organizador de los terribles conflictos que han traído tanto sufrimiento.
La traición y el terrorismo empezaron con él, y continuarán hasta que el Hijo de Dios regrese a gobernar y reinar con paz y rectitud entre los hijos y las hijas de Dios.
A través de las eras del tiempo, hombres y mujeres, muchos, muchos de ellos, han vivido y han muerto. Es posible que algunos mueran en el conflicto que está por venir. Para nosotros, y testificamos solemnemente de ello, la muerte no será el fin. Hay vida en el más allá tan ciertamente como la hay aquí. A través del gran plan que se convirtió en la esencia misma de la batalla en el cielo, los hombres seguirán viviendo.
Job preguntó: "Si el hombre muriere, ¿volverá a vivir? (Job 14:14). Luego declaró: "Yo sé que mi Redentor vive, y al fin se levantará sobre el polvo;
"Y después de desecha esta mi piel, en mi carne he de ver a Dios;
"Al cual veré por mí mismo, y mis ojos lo verán, y no otro" (Job 19:25–27).
Ahora bien, hermanos y hermanas, debemos cumplir con nuestro deber cualquiera sea ese deber. Es posible que no tengamos paz por un tiempo; algunas de nuestras libertades se verán restringidas; quizás pasaremos inconvenientes; o tal vez incluso seamos llamados a sufrir de una manera u otra. Pero Dios nuestro Padre Eterno protegerá esta nación y a todo el mundo civilizado que acuda a Él. Él ha declarado: "Bienaventurada la nación cuyo Dios es Jehová" (Salmos 33:12). Nuestra seguridad yace en el arrepentimiento. Nuestra fortaleza proviene de la obediencia a los mandamientos de Dios.
Oremos siempre; oremos por la rectitud; oremos por las fuerzas del bien. Tendamos una mano para ayudar a hombres y mujeres de buena voluntad de cualquier religión y doquiera que vivan. Permanezcamos firmes en contra del mal, tanto aquí como en el extranjero. Vivamos dignos de las bendiciones del cielo, reformando nuestra vida en lo que sea necesario, y al acudir a Él, el Padre de todos nosotros. Él ha dicho: "Estad quietos, y conoced que yo soy Dios" (Salmos 46:10).
¿Son éstos tiempos peligrosos? Lo son. Pero no hay necesidad de temer. Podemos tener paz en nuestros corazones y paz en nuestros hogares. Cada uno de nosotros puede ser una influencia para bien en este mundo.
Que el Dios del cielo, el Todopoderoso, nos bendiga y nos ayude al andar por nuestros diferentes caminos en los días inciertos que se aproximan. Que acudamos a Él con fe inquebrantable. Que con dignidad confiemos en Su Amado Hijo quien es nuestro Redentor, ya sea en vida o en muerte, es mi oración en Su santo nombre, sí, el nombre de Jesucristo. Amén.
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Presidente Gordon B. Hinckley
"A pesar de las aflicciones que nos rodean, a pesar de las sórdidas cosas que vemos en casi todas partes, a pesar de los conflictos que cunden por el mundo, podemos ser mejores".
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| Mis amados hermanos y hermanas dondequiera que se encuentren, bienvenidos a esta gran conferencia mundial de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días. Estamos reunidos en nuestro maravilloso y nuevo Centro de Conferencias en Salt Lake City. El edificio está lleno o pronto lo estará. Estoy muy contento de que lo tengamos. Estoy tan agradecido por la inspiración de construirlo. ¡Qué estructura tan admirable! Desearía que todos pudiésemos estar reunidos bajo un mismo techo, pero eso no es posible. Estoy tan profundamente agradecido porque tenemos las maravillas de la televisión, la radio, el cable, la transmisión vía satélite y el Internet. Nos hemos convertido en una gran Iglesia mundial y ahora es posible que la gran mayoría de nuestros miembros participe en estas reuniones como una gran familia, que habla muchos idiomas, que se encuentra en muchas tierras, pero que son todos de una fe, una doctrina y un bautismo.
Esta mañana apenas puedo contener mis emociones al pensar en lo que el Señor ha hecho por nosotros.
No sé qué hicimos en la preexistencia para merecer las maravillosas bendiciones que disfrutamos. Hemos venido a la tierra en esta gran época de la larga historia de la humanidad. Es una época maravillosa, la mejor de todas. Al reflexionar en el lento pero pesado curso del género humano, desde el tiempo de nuestros primeros padres, no podemos más que sentirnos agradecidos.
La era en la que vivimos es el cumplimiento de los tiempos del que se habla en las Escrituras, en que Dios ha juntado todos los elementos de dispensaciones pasadas. Desde el día en que Él y Su Hijo Amado se manifestaron al joven José, ha venido sobre el mundo un torrente de conocimiento. El corazón de los hombres se ha tornado a sus padres como cumplimiento de las palabras de Malaquías. La visión de Joel se ha cumplido, en la que declaró:
"Y después de esto derramaré mi Espíritu sobre toda carne, y profetizarán vuestros hijos y vuestras hijas; vuestros ancianos soñarán sueños, y vuestros jóvenes verán visiones.
"Y también sobre los siervos y sobre las siervas derramaré mi Espíritu en aquellos días.
"Y daré prodigios en el cielo y en la tierra, sangre, y fuego, y columnas de humo.
"El sol se convertirá en tinieblas, y la luna en sangre, antes que venga el día grande y espantoso de Jehová.
"Y todo aquel que invocare el nombre de Jehová será salvo; porque en el monte de Sion y en Jerusalén habrá salvación, como ha dicho Jehová, y entre el remanente al cual él habrá llamado" (Joel 2:28–32).
Ha habido más descubrimientos científicos durante estos años que durante toda la historia pasada de la humanidad. El transporte, las comunicaciones, la medicina, la higiene pública, el descifre del átomo, el milagro de la computadora, con todas sus ramificaciones, han florecido en particular en nuestra propia era. Durante mi propia vida, he sido testigo de la sucesión de milagros tras maravillosos milagros. A veces no los valoramos.
Y, además de todo eso, el Señor ha restaurado Su antiguo sacerdocio; ha organizado Su Iglesia y reino durante el siglo y medio pasado; ha dirigido a Su pueblo y éste ha sido templado en el crisol de la terrible persecución. Él ha llevado a cabo la maravillosa época en la que ahora vivimos.
Hemos visto tan sólo el principio de la imponente fuerza para bien en que esta Iglesia se convertirá y, sin embargo, me maravillo ante lo que se ha logrado.
El número de miembros ha aumentado. Considero que ha aumentado en fidelidad. Perdemos a muchos, pero los que son fieles son muy fuertes. Los que nos observan dicen que vamos en dirección de la corriente religiosa, pero no estamos cambiando. La percepción que tiene el mundo de nosotros es lo que cambia. Nosotros enseñamos la misma doctrina; tenemos la misma organización; trabajamos para efectuar las mismas obras buenas, pero el antiguo odio está desapareciendo, la antigua persecución está desfalleciendo; la gente está mejor informada; está llegando a entender qué es lo que defendemos y qué hacemos.
Pero por más maravillosa que sea esta época, está llena de peligros. La maldad está a nuestro alrededor; es atractiva y tentadora y en muchísimos casos logra éxito. Pablo declaró:
"También debes saber esto: que en los postreros días vendrán tiempos peligrosos.
"Porque habrá hombres amadores de sí mismos, avaros, vanagloriosos, soberbios, blasfemos, desobedientes a los padres, ingratos, impíos,
"sin afecto natural, implacables, calumniadores, intemperantes, crueles, aborrecedores de lo bueno,
"traidores, impetuosos, infatuados, amadores de los deleites más que de Dios,
"que tendrán apariencia de piedad, pero negarán la eficacia de ella; a éstos evita" (2 Timoteo 3:1–5).
Hoy día vemos todas estas maldades en forma más común y general que lo que nunca antes se habían visto, como se nos ha recordado tan recientemente por lo ocurrido en Nueva York, Washington y Pensilvania, de lo cual hablaré mañana por la mañana. Vivimos en una época en la que los hombres violentos hacen cosas terribles e infames; vivimos en una época de guerra; vivimos en una época de arrogancia; vivimos en una época de maldad, pornografía e inmoralidad. Todos los pecados de Sodoma y Gomorra afligen a nuestra sociedad. Jamás nuestra gente joven ha enfrentado más grandes desafíos; jamás hemos visto en forma más clara la lasciva cara de la maldad.
Y por eso, mis hermanos y hermanas, estamos reunidos en esta gran conferencia para fortificarnos y fortalecernos el uno al otro, para edificarnos el uno al otro, para dar aliento y edificar la fe, para reflexionar en las cosas maravillosas que el Señor ha puesto a nuestra disposición y para fortalecer nuestra determinación de oponernos al mal en cualquier forma que se presente.
Hemos llegado a ser como un gran ejército; ahora somos un pueblo que hace sentir su influencia. Se escucha nuestra voz cuando hablamos. Hemos demostrado nuestra fortaleza al enfrentar la adversidad. Nuestra fortaleza yace en nuestra fe en el Todopoderoso. Ninguna causa bajo los cielos puede detener la obra de Dios. La adversidad podrá asomar su infame rostro; el mundo podrá ser afligido con guerras y rumores de guerra, pero esta causa seguirá adelante.
Ustedes están familiarizados con estas elocuentes palabras escritas por el profeta José: ". . .ninguna mano impía puede detener el progreso de la obra: las persecuciones se encarnizarán, el populacho podrá conspirar, los ejércitos podrán juntarse, y la calumnia podrá difamar; mas la verdad de Dios seguirá adelante valerosa, noble e independientemente, hasta que haya penetrado en todo continente, visitado toda región, abarcado todo país y resonado en todo oído, hasta que se cumplan los propósitos de Dios, y el gran Jehová diga que la obra está concluida" (Nuestro Legado: Una breve historia de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, pág. 245).
El Señor nos ha dado la meta hacia la cual aspiramos. Esa meta es edificar Su reino, lo que constituye una poderosa causa de grandes cantidades de hombres y mujeres de fe, de integridad, de amor e interés por la humanidad, que avanzan para crear una sociedad mejor, trayendo bendiciones sobre sí mismos y sobre los demás.
Al reconocer nuestro lugar y nuestra meta, no podemos ser arrogantes; no podemos sentirnos superiores; no podemos ser petulantes ni egoístas. Debemos tender una mano a todo el género humano; son hijos e hijas de Dios, nuestro Padre Eterno y Él nos hará responsables por lo que hagamos en cuanto a ellos. Que el Señor nos bendiga. Ruego que nos haga fuertes y poderosos en obras buenas; ruego que nuestra fe brille como la luz de la mañana. Que caminemos en obediencia a Sus mandamientos divinos. Ruego que Él nos dé Su aprobación, que al avanzar bendigamos a la humanidad influyendo en todos, elevando a los perseguidos y oprimidos, alimentando y vistiendo al hambriento y al necesitado, extendiendo amor y hermandad hacia aquellos que nos rodean que quizás no sean parte de esta Iglesia. El Señor nos ha mostrado el camino; nos ha dado Su palabra, Su consejo, Su guía, sí, Sus mandamientos. Hemos progresado; tenemos mucho que agradecer y mucho de que sentirnos orgullosos, pero podemos ser mejores, mucho mejores.
¡Cómo les amo, mis hermanos y hermanas de esta gran causa! Les amo por lo que han llegado a ser y por lo que pueden llegar a ser. A pesar de las aflicciones que nos rodean, a pesar de las sórdidas cosas que vemos en casi todas partes, a pesar de los conflictos que cunden por el mundo, podemos ser mejores.
Invoco las bendiciones del cielo sobre ustedes al expresar mi amor por ustedes y les recomiendo los grandes mensajes que escucharán desde este púlpito durante los dos próximos días, y lo hago en el sagrado nombre de nuestro Señor Jesucristo. Amén.
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