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13-Enseñanzas de los Profetas Vivientes
Élder Earl C. Tingey De la Presidencia de los Setenta
Tanto el presidente Brigham Young como el presidente Gordon B. Hinckley son profetas que han guiado la Iglesia por medio de la inspiración y revelación.

Mis hermanos y hermanas, al encontrarme ante el púlpito de este viejo pero nuevo Tabernáculo, me conmueve profundamente el sentido histórico que percibo en este momento. Al tener un pie plantado en el pasado y el otro en el futuro, doy gracias por los profetas y por los apóstoles, pioneros y modernos, que han tenido y siguen teniendo la visión de construir y conservar este maravilloso edificio para el futuro.
Quiero hablarles de dos de estos hombres de visión: De Brigham Young y de su sucesor de hoy en día.
Brigham Young fue el segundo profeta de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días. Dirigió la Iglesia durante 33 años. Construyó este Tabernáculo y presidió su dedicación durante la conferencia general de octubre de 1875, hace más de 131 años.
Brigham Young tuvo muchos otros logros y sólo puedo hacer mención de unos pocos.
Fue un pionero, o sea, alguien que abre o prepara el camino para que otros lo sigan. Un escritor dijo de Brigham Young: “Llevó hasta un territorio desconocido a un grupo de harapientos y empobrecidos, despojados virtualmente de todo bien terrenal. Tanto sus críticos como los que escribieron su biografía observaron que ese hombre fue único entre los líderes de la historia moderna, porque él solo, sin respaldo político ni económico estableció, de la nada en el desierto, una sociedad ordenada e industriosa sin ninguna otra autoridad que no fuera la autoridad del sacerdocio y la fortaleza espiritual con la que pronunció sus enseñanzas. Por medio de exhortaciones e instrucciones constantes, unificó a su pueblo y lo inspiró a que llevase a cabo el mandato divino de edificar el reino de Dios sobre la tierra”1.
Al entrar por primera vez al Valle del Gran Lago Salado, Brigham Young declaró: “Éste es el lugar correcto” 2. Más adelante dijo:
“Dios me ha mostrado que éste es el lugar para ubicar a Su pueblo y aquí será donde prosperarán. Él templará los elementos para el bien de los santos; reprenderá la escarcha y la esterilidad del suelo, y la tierra llegará a ser fructífera,… y en este lugar edificaremos una ciudad y un templo al Dios Altísimo”3.
Hoy, todos podemos atestiguar de la verdad de esa profecía. En verdad, la tierra desértica y los valles de las Montañas Rocosas son una fructífera y productiva tierra de promisión y de profecía.
Edificó templos. Él empezó la construcción del Templo de Salt Lake, el cual tomó 40 años para terminarlo. También empezó la construcción de los templos de Manti y de Logan. Él dedicó el Templo de St. George cuatro meses y medio antes de fallecer.
Fue uno de los más grandes colonizadores de los Estados Unidos. Al momento de su fallecimiento, se habían establecido cerca de 400 colonias.
Organizó el Fondo Perpetuo para la Emigración a fin de tender una mano a los necesitados, ayudando a los que tenían pocos recursos para que emigrasen desde los países de Europa.
Estableció universidades. La Universidad de Deseret, hoy en día se la conoce como la Universidad de Utah. El Colegio Universitario SUD, hoy en día se le conoce como el Instituto Superior de Comercio SUD. Y, por supuesto, también estableció la Universidad Brigham Young.
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http://www.lds.org/conference/talk/display/0,5232,89-3-691-11,00.html
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ÉLDER JEFFREY R. HOLLAND del Quórum de los Doce Apóstoles
La Primera Presidencia y el Quórum de los Doce Apóstoles han sido comisionados por Dios y sostenidos... como profetas, videntes y reveladores.
En nombre de mis hermanos del Quórum de los Doce Apóstoles, permítanme ser el primero en dar la bienvenida a los élderes Dieter Uchtdorf y David Bednar a sus nuevos llamamientos y a la nueva y hermosa asociación que les espera. Cuando se llamó a los primeros Doce en esta dispensación, se les dijo que el nombramiento tenía "por objeto crear entre ustedes un afecto de los unos por los otros más fuerte que la muerte"1. Hermanos, ya sentimos ese afecto por ustedes, sus respectivas esposas y familiares, y, unidos de corazón, les decimos a una voz: "Bienvenidos, queridos amigos".
Haciendo eco a las cariñosas palabras del presidente Hinckley, deseo también expresar ese mismo "afecto más fuerte que... la muerte" y la profunda sensación de pérdida que todos experimentamos ante el fallecimiento de nuestros amados David B. Haight y Neal A. Maxwell. A ambos hermanos y a sus encantadoras Ruby y Colleen, respectivamente, expresamos nuestro amor, nuestra reverencia por su servicio y honramos las vidas ejemplares que llevaron. Cada uno de nosotros considera un extraordinario privilegio el haberlos conocido y prestado servicio a su lado. Serán siempre preciados entre nosotros.
En vista de tan significativas transiciones en el avance de esta obra, quiero decir esta mañana algo sobre el apostolado y la importancia de perpetuarlo en la verdadera Iglesia de Jesucristo. Al hacerlo, no sólo hablo de los hombres que tienen ese oficio sino más bien del oficio en sí, un llamamiento al santo Sacerdocio de Melquisedec que el Salvador mismo ha designado para atender a Su pueblo y testificar de Su nombre.
A fin de establecer una iglesia que continuara bajo Su dirección aun después que Él dejara esta tierra, Jesús "fue al monte a orar, y pasó la noche orando a Dios.
"Y cuando era de día, llamó a sus discípulos, y escogió a doce de ellos, a los cuales también llamó apóstoles"2.
Tiempo después, Pablo enseñó que el Salvador, sabiendo que Su muerte era inevitable, había hecho eso para dar a la Iglesia un "fundamento de... apóstoles y profetas"3. Esos hermanos y los demás oficiales de la Iglesia prestarían servicio bajo la dirección del Cristo resucitado.
¿Para qué? Entre otras razones para "que ya no seamos niños fluctuantes, llevados por doquiera de todo viento de doctrina, por estratagema de hombres que para engañar emplean con astucia las artimañas del error"4.
Por eso, el objeto del fundamento apostólico y profético de la Iglesia era bendecir en todo momento, pero especialmente en momentos de adversidad o peligro, cuando quizás nos sintamos como niños, confusos y desorientados, tal vez un poco temerosos, momentos en que la mano engañosa del hombre o la malicia del diablo intentan inquietar o desviar. A causa de esos momentos que ocurren en nuestros días, la Primera Presidencia y el Quórum de los Doce Apóstoles han sido comisionados por Dios y sostenidos por ustedes como "profetas, videntes y reveladores", con el Presidente de la Iglesia como el profeta, vidente y revelador, el apóstol principal, y como tal, el único hombre autorizado para ejercer todas las llaves reveladoras y administrativas de la Iglesia. En los tiempos del Nuevo Testamento, en los tiempos del Libro de Mormón y en estos tiempos, esos oficiales son las piedras de fundamento de la Iglesia verdadera, colocadas alrededor de la piedra del ángulo, "la roca de nuestro Redentor, el cual es Cristo, el Hijo de Dios"5, y fortalecidos por ella. Él es el "apóstol y sumo sacerdote de nuestra profesión"6, según dijo Pablo. Ese fundamento en Cristo era y siempre será una protección en épocas en que "el diablo lance sus impetuosos vientos, sí, sus dardos en el torbellino, sí, cuando todo su granizo y furiosa tormenta os azoten". En esas épocas, como la que estamos viviendo ahora —y más o menos estaremos viviendo siempre— las tormentas de la vida no tendrán "poder para arrastraros… a causa de la roca sobre la cual estáis edificados, que es un fundamento seguro, un fundamento sobre el cual, si los hombres edifican, no caerán"7.
Hace tres semanas estuve en una conferencia de estaca, en la hermosa comunidad entre las montañas de Prescott, Arizona. Después de las magníficas reuniones de ese fin de semana, una hermana, sin decirme nada, me entregó una nota cuando, junto con otras personas, fue a estrecharme la mano. Con cierta vacilación, les leeré una parte esta mañana. Les pido que se concentren en la doctrina que enseña la hermana y no en los participantes del hecho.
"Estimado élder Holland: Gracias por el testimonio del Salvador y de Su amor que expresó en esta conferencia. Hace cuarenta años, oré intensamente al Señor diciéndole que desearía haber vivido en la época en que había apóstoles en la tierra, en que había una Iglesia verdadera y en que todavía se podía oír la voz de Cristo. Antes de que se cumpliera el año de aquella oración, el Padre Celestial me mandó a dos misioneros y me enteré de que esas esperanzas podían llegar a ser una realidad. Tal vez en algún momento en que se encuentre cansado o preocupado esta nota le ayude a recordar por qué es tan importante para mí y para millones de otras personas oír su voz y estrecharle la mano. Con amor y gratitud, su hermana, Gloria Clements".
Hermana Clements, su afectuosa nota me recordó una esperanza similar, con casi las mismas palabras, que se expresó en mi propia familia. En los años tumultuosos de las primeras colonias de esta nación, Roger Williams, temperamental y decidido antepasado de mi bisabuelo, aunque no completamente por su voluntad, abandonó la colonia de Massachusetts Bay y se estableció en lo que ahora es el estado de Rhode Island. Dio a su nueva localidad el nombre "Providencia", que en sí mismo revela su búsqueda de toda la vida en procura de intervenciones divinas y manifestaciones celestiales. Pero nunca encontró lo que pensaba que sería la verdadera Iglesia de los primeros tiempos del Nuevo Testamento. El legendario Cotton Mather [clérigo y escritor norteamericano] dijo esto del desilusionado indagador: "El señor Williams… [al fin] dijo a [su congregación] que, por haberse dejado engañar él mismo, [los] había [engañado a ellos], y que estaba seguro de que no había nadie en la tierra que pudiera llevar a cabo el bautismo [ni ninguna ordenanza del Evangelio]… así que les aconsejó renunciar a todo… y esperar la venida de nuevos apóstoles"8. Roger Williams no llegó a ver en vida a los esperados nuevos apóstoles, pero en un día futuro espero poder decirle personalmente que su posteridad llegó a verlos.
La ansiedad y la expectativa con respecto a la necesidad de recibir dirección divina no era rara entre los reformadores religiosos que prepararon el escenario para la restauración del Evangelio. Uno de los predicadores más famosos de Nueva Inglaterra, Jonathan Edwards, dijo lo siguiente: "Me parece… algo ilógico imaginar… que hubiera un Dios… que se preocupara tanto [por nosotros]… y que, no obstante, no hablara nunca… que no se oyera una palabra [de Él]"9.
Más adelante, el incomparable Ralph Waldo Emerson sacudió los cimientos mismos de la ortodoxia eclesiástica de Nueva Inglaterra cuando dijo ante la Escuela de Teología de la Universidad de Harvard: "Tengo el deber de decirles que nunca ha habido mayor necesidad que ahora de tener revelación nueva". "La doctrina de la inspiración se ha perdido… Los milagros, la profecía… la vida de santidad son nada más que historia antigua… Los hombres se refieren a la… revelación como algo que se dio hace mucho tiempo y se terminó, como si Dios hubiera muerto... El deber de un buen maestro", dijo, "es demostrarnos que Dios es, no que era; que Él habla, no que hablaba"10. En otras palabras, el Sr. Emerson quería decir: "Si se insiste en dar piedras a la gente cuando viene a buscar pan, al fin dejarán de venir a la panadería"11.
Consideremos esas sorprendentes acusaciones de prominentes figuras de la historia estadounidense, sin mencionar oraciones como la de Gloria Clements, y se destaca en relieve el mensaje de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días especialmente para ustedes, los que han conocido a nuestros misioneros. ¿Profetas? ¿Videntes? ¿Reveladores? Los acontecimientos de 1820 y 1830, y los de casi dos siglos siguientes, proclaman que las revelaciones y aquellos que las reciben no son "algo que se dio hace mucho tiempo y se terminó".
En el mismo año que Emerson dio ese discurso en la Escuela de Teología, en el que implícitamente pedía apóstoles, al élder John Taylor, un joven inmigrante inglés en este país, se le llamaba para ser apóstol del Señor Jesucristo; un profeta, vidente y revelador. En su calidad de apóstol, el élder Taylor dijo una vez en consideración de los indagadores sinceros de la verdad: "¿Quién ha oído jamás hablar de una religión verdadera sin comunicación con Dios? A mí me parece lo más absurdo que la mente humana pueda concebir. No me sorprende que", dijo el hermano Taylor, "cuando la gente rechaza el principio de la revelación presente, el escepticismo y la infidelidad prevalezcan en forma alarmante", continuó, "no me sorprende saber que haya muchos que traten a la religión con contención y que la consideren algo que no es digno de la atención de seres inteligentes, porque sin revelación la religión es una burla y una farsa… El principio de la revelación presente… es el fundamento mismo de nuestra religión"12.
¿El principio de la revelación presente? ¿El fundamento mismo de nuestra religión? Permítanme regresar al presente de esos fundamentos, aquí y ahora, al siglo 21. Para todos y cada uno por igual —eclesiásticos, historiadores y legos— el tema sigue siendo el mismo. ¿Están abiertos los cielos? ¿Revela Dios Su voluntad a profetas y apóstoles como lo hacía en la antigüedad? Que lo están y que Él lo hace es la declaración inquebrantable de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días al mundo entero. Y en esa declaración yace la importancia de José Smith, el Profeta, desde hace casi doscientos años.
Su vida hace y responde la pregunta: "¿Creen que Dios habla al hombre?". De todo lo que logró en sus breves treinta y ocho años y medio de vida, José nos dejó, por sobre todas las cosas, el firme legado de la revelación divina; no una revelación sola y aislada sin evidencia ni trascendencia, ni "una forma sencilla de inspiración que se vierta en la mente de las buenas personas" por todos lados, sino instrucciones específicas, documentadas y constantes de Dios. Como un respetado amigo y erudito Santo de los Últimos Días lo ha aclarado con concisión: "En una época en que los orígenes del cristianismo sufrían ataques de las fuerzas de la Iluminación racional, José Smith [en forma clara y sin ayuda] devolvió el cristianismo moderno a sus orígenes de revelación"13.
En verdad, "te damos, Señor, nuestras gracias" por el Profeta que nos guía en estos últimos días, porque muchos de esos días serán tempestuosos14. Damos gracias por aquella mañana de la primavera de 1820 en que el Padre y el Hijo aparecieron en Su gloria a un muchacho de catorce años. Damos gracias por aquella mañana en que Pedro, Santiago y Juan vinieron a restaurar las llaves del santo sacerdocio y de todos los oficios que le son inherentes. Y en nuestra generación, damos gracias por la mañana del 30 de septiembre de 1961, hizo cuarenta y tres años este fin de semana, en que el entonces élder Gordon B. Hinckley fue llamado al apostolado, el septuagésimo quinto hombre de esta dispensación así llamado. Y de ese modo ha continuado hasta este día y seguirá ininterrumpidamente hasta que venga el Salvador.
En un mundo de agitación y temor, de confusión política y de desviación moral, testifico que Jesús es el Cristo, que Él es el Pan vivo y el Agua viva, todavía y siempre el gran Escudo de seguridad en nuestra vida, la poderosa Roca de Israel, el Ancla de ésta, Su divina Iglesia. Testifico de Sus profetas, videntes y reveladores que constituyen el fundamento constante de esa Iglesia y doy testimonio de que esos oficios y esos oráculos están actualmente en funcionamiento, bajo la dirección del Salvador de todos nosotros, en estos días de tanta necesidad. Doy testimonio de estas verdades y de la divinidad de esta obra. Y de ellos soy testigo, en el nombre de Jesucristo. Amén.
Notas
1. History of the Church, tomo II, pág. 197.
2. Lucas 6:12–13.
3. Véase Efesios 2:19–20.
4. Efesios 4:14.
5. Helamán 5:12.
6. Hebreos 3:1.
7. Helamán 5:12.
8. Magnalia Christi Americana, 1853, tomo II, pág. 498.
9. The Works of Jonathan Edwards, tomo XVIII, The "Miscellanies" 501–832, ed. Ava Chamberlain, 2000, págs. 89–90.
10. The Complete Essays and Other Writings of Ralph Waldo Emerson, ed. Brooks Atkinson, 1940, págs. 75, 71, 80.
11. Louis Cassels, citado por Howard W. Hunter en "Spiritual Famine", Ensign, enero de 1973, pág. 64.
12. "Discourse by John Taylor", Deseret News, 4 de marzo de 1874, pág. 68; cursiva agregada.
13. Véase el escrito de Richard L. Bushman, "A Joseph Smith for the Twenty-First Century", Believing History, 2004. Estas citas se encuentran en la página 274, pero sería conveniente que se leyera todo el escrito.
14. Véase el himno "Te damos, Señor, nuestras gracias", Himnos, N° 10.
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Élder Dennis B. Neuenschwander De la Presidencia de los Setenta
"Existe un abismo cada vez más grande entre las normas del mundo y las del Evangelio y el reino de Dios, y. . . los profetas vivientes siempre enseñarán las normas de Dios".
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| Hermanos, esta noche quisiera contarles una experiencia que tiene un gran significado para mí. Durante la sesión del domingo por la tarde de la Conferencia General del 6 de abril de 1986, tuvo lugar una Asamblea Solemne, cuyo propósito era sostener a Ezra Taft Benson como profeta, vidente y revelador, y decimotercer Presidente de la Iglesia. Se invitó a todos los miembros a tomar parte, ya fuese que estuviesen presentes en el Tabernáculo o participaran por medio de la radio o la televisión. Como familia, aceptamos la invitación de tomar parte en nuestra casa y, con la excepción de un hijo que estaba sirviendo en el campo misional, todos nos encontrábamos allí: un sumo sacerdote, un presbítero, un diácono, un hijo de once años y mi esposa, LeAnn. De acuerdo con las indicaciones y por turno, cada uno de los que poseíamos el sacerdocio nos pusimos de pie y después lo hizo el resto de la familia, y todos juntos sostuvimos al presidente Benson.
¿Por qué llama el Señor a profetas, videntes y reveladores? Y, ¿cómo los sostenemos?
La responsabilidad fundamental de los profetas, videntes y reveladores, todos los cuales poseen autoridad apostólica, es testificar con convencimiento del nombre de Cristo en todo el mundo. Ese llamamiento básico de ser testigos especiales de Su nombre ha permanecido invariable siempre que ha habido Apóstoles sobre la tierra. Ese testimonio, que se recibe del Espíritu Santo por medio de la revelación, fue el núcleo de la Iglesia del Nuevo Testamento y es el punto central de la Iglesia en la actualidad. El día de Pentecostés, Pedro dio un claro testimonio de que a Jesús de Nazaret lo habían prendido, matado y crucificado y de que había sido levantado, "sueltos los dolores de la muerte"; de todo eso habían sido testigos los Apóstoles1. Tan potente fue ese testimonio de Jesucristo que dio aquel Apóstol viviente, que se efectuó un cambio en el corazón y cerca de tres mil personas se bautizaron para la remisión de sus pecados. Leemos que esos nuevos conversos perseveraron "en la doctrina de los apóstoles, en la comunión unos con otros, en el partimiento del pan y en las oraciones"2. Este relato del libro de Hechos brinda un profundo significado espiritual a las palabras que Pablo escribió más adelante a los efesios, de que quienes abracen el Evangelio formarán parte de la familia de Dios "edificados sobre el fundamento de los apóstoles y profetas, siendo la principal piedra del ángulo Jesucristo mismo"3.
En esta dispensación de la restauración, el profeta José Smith enseñó: "Los principios fundamentales de nuestra religión son el testimonio de los apóstoles y profetas concernientes a Jesucristo: que murió, fue sepultado, se levantó el tercer día y ascendió a los cielos; y todas las otras cosas que pertenecen a nuestra religión son únicamente dependencias de esto"4.
Con el fin de observar esa responsabilidad divina que se mandó, de testificar con convencimiento del nombre de Cristo en todo el mundo, los Apóstoles vivientes de nuestra época han dado su testimonio. En la proclamación: "El Cristo Viviente", ellos declaran la restauración de Su sacerdocio y de Su Iglesia, testifican de Su Segunda Venida y dan "testimonio, en calidad de Sus apóstoles debidamente ordenados, de que Jesús es el Cristo Viviente, el inmortal Hijo de Dios"5.
Tanto los Apóstoles de la antigüedad como los de la actualidad testifican del nombre de Jesucristo porque ". . .no se dará otro nombre, ni otra senda ni medio, por el cual la salvación llegue a los hijos de los hombres, sino en el nombre de Cristo, el Señor Omnipotente. . ."6.
Segundo, profetas, videntes y reveladores enseñan con claridad la palabra de Dios de que todos Sus hijos se beneficiarán y serán bendecidos si obedecen las enseñanzas de ellos. El presidente Hinckley escribió sobre Joseph Fielding Smith: "Sí, hablaba con franqueza y sin rodeos; ésa es la misión de un profeta"7. La necesidad de maestros proféticos que saben la palabra revelada de Dios y la hablan con franqueza y sin temor es tan importante hoy día como lo fue en el pasado. En un mundo confuso de ideas conflictivas, de valores cambiantes y de deseos egoístas por el poder, sería bueno que estudiáramos con detenimiento la conversación que se llevó a cabo entre Felipe y el hombre de Etiopía. Mientras éste leía la Escrituras, Felipe corrió hacia él y le preguntó: ". . .¿entiendes lo que lees? El dijo: ¿Y cómo podré, si alguno no me enseñare?"8.
Al pueblo del Señor, Alma enseñó:
"[No] confiéis en nadie para que sea vuestro maestro ni vuestro ministro, a menos que sea un hombre de Dios, que ande en sus vías y guarde sus mandamientos. . . y nadie era consagrado a menos que fuera hombre justo. Por tanto, velaban por su pueblo, y lo sustentaban con cosas pertenecientes a la rectitud"9.
Esas palabras describen perfectamente a los profetas, videntes y reveladores que dirigen esta Iglesia. Ellos hablan las palabras de Dios con claridad, autoridad y entendimiento.
Tercero, sostenemos a quince hombres no sólo como profetas y reveladores, sino también como videntes. De la presencia de videntes entre nosotros no se habla mucho, mas la habilidad de ver más allá del presente brinda poder y autoridad a la enseñanza y al testimonio apostólicos. Voy a referirme a dos pasajes de las Escrituras que hablan de este importante y extraordinario llamamiento. Según el Libro de Mormón, Ammón enseñó al rey Limhi que ". . .un vidente puede saber de cosas que han pasado y también de cosas futuras; y por este medio todas las cosas serán reveladas. . . y también manifestarán cosas que de otra manera no se podrían saber"10.
En la Perla de Gran Precio leemos que el Señor dio instrucciones a Enoc de que se untase los ojos con barro y se los lavara, y de esa forma vería. Y Enoc lo hizo.
"Y vio. . . cosas que el ojo natural no percibe; y desde entonces se esparció este dicho por la tierra: El Señor ha levantado un vidente a su pueblo"11.
Acerca de la pregunta sobre qué nos dan a conocer nuestros videntes modernos, que de otro modo no se sabría, y qué ven que no percibe el ojo natural, daré una respuesta sencilla. Escuchen, mediten y examinen con oración qué nos enseñan y qué hacen. Al hacerlo, saldrá a la luz un modelo que revelará mucho y que nos dará la respuesta a esa pregunta.
Vuelvo ahora a lo que ocurrió en mi familia durante la Asamblea Solemne. Al terminar la votación, el presidente Hinckley, que conducía, dijo: "Gracias, hermanos y hermanas, por el voto de sostenimiento. Pensamos que no sólo nos han sostenido con la mano, sino también con el corazón, con la fe y con las oraciones que tan urgentemente necesitamos. Y rogamos que continúen haciéndolo"12. Hermanos, el modo en que demostramos nuestro sostenimiento a los profetas, videntes y reveladores no es solamente levantando la mano, sino más bien por medio de la valentía, el testimonio y la fe para escucharles, para obedecerles y seguirles.
Pero, me pregunto: Si eso es tan claro, ¿por qué es tan difícil? Podría haber muchas respuestas a esa pregunta, pero creo que en realidad hay sólo una. Gran parte de la dificultad radica en nuestro deseo de parecer más aceptables al mundo que a Dios.
Las enseñanzas de un profeta viviente son muchas veces contrarias a las tendencias del mundo. Nosotros, en calidad de Santos de los Últimos Días y poseedores del sacerdocio de Dios, debemos comprender que existe un abismo cada vez más grande entre las normas del mundo y las del Evangelio y el reino de Dios, y que los profetas vivientes siempre enseñarán las normas de Dios. Por mucho que deseemos que el Evangelio se ajuste al mundo, es imposible; nunca ha pasado ni nunca pasará.
Mucho de nuestro mundo actual está fundamentado en la satisfacción de los caprichos, en la ganancia y el placer inmediatos y en la aceptación social a cualquier precio. El Evangelio y el reino de Dios son mucho más que eso. Entre las características que Dios valora más se encuentran la paciencia, la longanimidad, la entereza, la bondad y el amor fraternal, ninguna de las cuales se logra a corto plazo ni se cultiva en un momento.
Hermanos, el tener profetas, videntes y reveladores vivientes entre nosotros y no prestarles atención es lo mismo que simplemente no tenerlos. El profeta Jacob deseaba que las palabras que hombres justos habían escrito con tanta dificultad sobre las planchas, sus hijos las recibieran con corazones agradecidos y aprendieran de ellas "con gozo, no con pesar"13. Que seamos así de prudentes para hacer lo mismo con las palabras de los profetas, videntes y reveladores de nuestra época.
Doy testimonio del poder salvador de la expiación de Jesucristo. Doy testimonio de los apóstoles, profetas, videntes y reveladores vivientes. En el nombre de Jesucristo. Amén.
Notas
1. Hechos 2:23 24; véase también el versículo 32. 2. Hechos 2:42. 3. Efesios 2:20. 4. Enseñanzas del Profeta José Smith, pág. 141. 5. "El Cristo Viviente: El Testimonio de los Apóstoles", Liahona, abril de 2000, pág. 3. 6. Mosíah 3:17. 7. "Creed a sus profetas", Liahona, julio de 1992, pág. 59. 8. Hechos 8:3031. 9. Mosíah 23:14, 1718. 10. Mosíah 8:17. 11 .Moisés 6:3536; véase también el versículo 35. 12. Véase "La Asamblea Solemne y el sostenimiento de oficiales de la Iglesia", Liahona, julio de 1986, pág. 68. 13. Jacob 4:3.
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