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22 de Febrero, 2007
ÉLDER DAVID A. BEDNAR
Del Quórum de los Doce Apóstoles
El concepto ideal doctrinal del matrimonio
..........................
Nos centraremos en el concepto ideal doctrinal del matrimonio. Espero que el análisis de nuestras posibilidades eternas y el recordatorio de quiénes somos y de por qué estamos aquí en la tierra nos brinden dirección, consuelo y una esperanza sustentadora para todos nosotros, independientemente de nuestro estado civil o de nuestras circunstancias personales actuales. La discrepancia que existe entre el concepto doctrinal del matrimonio y la realidad de la vida diaria, a veces puede parecer bastante grande pero, poco a poco, ustedes van progresando mejor de lo que probablemente se imaginan.
Los exhorto a tener presentes las siguientes preguntas a medida que analizamos los principios relacionados con el matrimonio eterno.
Pregunta 1: En mi propia vida, ¿me esfuerzo por llegar a ser un mejor esposo o una mejor esposa, o me preparo para ser un esposo o una esposa, al comprender esos principios básicos y llevarlos a la práctica?
Pregunta 2: En calidad de líder del sacerdocio o de las organizaciones auxiliares, ¿ayudo a las personas a quienes sirvo a comprender esos principios básicos y a llevarlos a la práctica, y de ese modo fortalecer el matrimonio y el hogar?
Al meditar con oración en esas preguntas y al considerar nuestra propia relación matrimonial y nuestras responsabilidades en la Iglesia, testifico que el Espíritu del Señor iluminará nuestra mente y nos enseñará las cosas que debemos hacer y mejorar (véase Juan 14:26).
Por qué el matrimonio es esencial
En "La Familia: Una proclamación para el mundo", la Primera Presidencia y el Consejo de los Doce Apóstoles proclaman "que el matrimonio entre el hombre y la mujer es ordenado por Dios y que la familia es la parte central del plan del Creador para el destino eterno de Sus hijos"2. Esta frase de la proclamación, que establece el tema del discurso, nos enseña mucho en cuanto al significado doctrinal del matrimonio y recalca la supremacía del matrimonio y de la familia en el plan del Padre. El matrimonio honorable es un mandamiento y un paso esencial en el proceso de crear una relación familiar amorosa que se puede perpetuar más allá de la tumba.
Hay dos razones doctrinales convincentes que nos ayudan a entender por qué el matrimonio eterno es esencial para el plan del Padre.
Razón 1: La naturaleza del espíritu del hombre y la naturaleza del espíritu de la mujer se complementan y se perfeccionan mutuamente y, por tanto, se ha dispuesto que progresen juntos hacia la exaltación.
La plena comprensión de la naturaleza eterna del matrimonio y de su importancia sólo se puede lograr dentro del contexto supremo del plan que el Padre tiene para Sus hijos. "Todos los seres humanos, hombres y mujeres, son creados a la imagen de Dios. Cada uno es un amado hijo o hija espiritual de padres celestiales y, como tal, cada uno tiene una naturaleza y un destino divinos"3. El gran plan de felicidad permite que los hijos y las hijas espirituales de nuestro Padre Celestial obtengan un cuerpo físico, ganen experiencias terrenales y progresen hacia la perfección.
"El ser hombre o mujer es una característica esencial de la identidad y el propósito eternos de los seres humanos en la vida premortal, mortal y eterna"4, y en gran medida eso define quiénes somos, por qué estamos aquí en la tierra, y qué debemos hacer y llegar a ser. Por razones divinas, el espíritu de los hombres y el de las mujeres son diferentes, singulares y complementarios.
Después de que se creó la tierra, se puso a Adán en el Jardín de Edén; sin embargo, y muy importante, Dios dijo que no era bueno que el hombre estuviera solo (véase Génesis 2:18; Moisés 3:18), y Eva llegó a ser la compañera y la ayuda idónea de Adán. A fin de llevar a cabo el plan de felicidad se necesitaba la combinación singular de facultades espirituales, físicas, mentales y emocionales tanto de hombres como de mujeres. Solos, ni el hombre ni la mujer podrían cumplir con los propósitos de su creación.
Por designio divino, se dispone que los hombres y las mujeres progresen juntos hacia la perfección y hacia una plenitud de gloria. A causa de sus temperamentos y facultades singulares, los hombres y las mujeres llevan a la relación matrimonial perspectivas y experiencias únicas. El hombre y la mujer contribuyen de forma diferente pero por igual a una totalidad y unidad que no se pueden lograr de ninguna otra manera. El hombre complementa y perfecciona a la mujer, y la mujer complementa y perfecciona al hombre, al aprender el uno del otro y al fortalecerse y bendecirse mutuamente. "En el Señor, ni el varón es sin la mujer, ni la mujer sin el varón" (1 Corintios 11:11; cursiva agregada).
Razón 2: Por designio divino, se necesitan tanto el hombre como la mujer para traer hijos a la tierra y para proporcionar el mejor entorno para la crianza y el cuidado de los hijos.
El mandamiento que se dio antiguamente a Adán y a Eva de multiplicarse y henchir la tierra permanece en vigor hoy día. "Dios ha mandado que los sagrados poderes de la procreación se utilicen sólo entre el hombre y la mujer legítimamente casados, como esposo y esposa… la forma por medio de la cual se crea la vida mortal fue establecida por decreto divino"5. Por tal razón, el matrimonio entre un hombre y una mujer es el conducto autorizado por el cual los espíritus entran en la tierra. La completa abstinencia sexual antes del matrimonio y la total fidelidad dentro del matrimonio protegen la santidad de ese sagrado conducto.
El hogar en el que haya un esposo y una esposa leales y llenos de amor es el entorno supremo en el que se puede criar a los hijos en amor y rectitud, y en el que se pueden satisfacer las necesidades espirituales de los hijos. Del mismo modo que las características singulares tanto del hombre como de la mujer contribuyen a la plenitud de la relación matrimonial, esas mismas características son vitales para la crianza, el cuidado y la enseñanza de los hijos. "Los hijos tienen el derecho de nacer dentro de los lazos del matrimonio y de ser criados por un padre y una madre que honran sus promesas matrimoniales con fidelidad completa"6.
Principios de orientación
Las dos razones doctrinales que hemos analizado en cuanto a la importancia del matrimonio eterno en el plan de felicidad del Padre proponen principios de orientación para aquellos que se estén preparando para casarse, para los que estén casados y para nuestro servicio en la Iglesia.
Principio 1: La importancia del matrimonio eterno se comprende únicamente dentro del contexto del plan de felicidad del Padre.
Con frecuencia hablamos del matrimonio y lo destacamos como una unidad fundamental de la sociedad, como el fundamento de una nación fuerte y como una institución básica sociológica y cultural. Sin embargo, ¡el Evangelio restaurado nos ayuda a entender que es mucho más que eso!
¿Hablamos, quizás, acerca del matrimonio sin enseñar adecuadamente la importancia del matrimonio en el plan de nuestro Padre? El hacer hincapié en el matrimonio sin conectarlo con la doctrina sencilla y fundamental del plan de felicidad no puede proporcionar la suficiente dirección, protección ni esperanza en un mundo que cada vez se vuelve más confuso y perverso. Bien haríamos todos en recordar la enseñanza de Alma de que Dios dio a los hijos de los hombres mandamientos "después de haberles dado a conocer el plan de redención" (Alma 12:32; cursiva agregada).
El élder Parley P. Pratt expresó hermosamente las bendiciones que recibimos a medida que aprendemos y comprendemos el concepto ideal doctrinal del matrimonio y nos esforzamos por aplicarlo en nuestra vida.
"José Smith fue quien me enseñó a valorar las entrañables relaciones que existen entre padre y madre, esposo y esposa; entre hermano y hermana, hijo e hija.
"De él aprendí que podría tener asegurada a mi amada esposa por esta vida y por toda la eternidad; y que los sublimes sentimientos de unidad y afecto que nos atrajeron mutuamente emanaron de la fuente del amor divino y eterno…
"Antes había amado, sin saber por qué; pero ahora amaba con una pureza, con una intensidad de sentimientos virtuosos y exaltados que elevarían mi alma de las cosas transitorias de esta deplorable esfera y la harían expandirse como el océano… En una palabra, ahora podía amar con el espíritu así como con el entendimiento.
"Sin embargo, en ese tiempo, mi muy querido hermano José Smith tan sólo había… levantado una esquina del velo, dándome sólo un vistazo de la eternidad"7.
Como hombres y mujeres, como esposos y esposas, y en calidad de líderes de la Iglesia, ¿vemos cómo la importancia del matrimonio eterno se puede comprender únicamente dentro del contexto del plan de felicidad del Padre? La doctrina del plan lleva a los hombres y a las mujeres a esperar el matrimonio eterno y a prepararse para él, y vence los temores y supera las incertidumbres por las que tal vez algunas personas demoren el matrimonio o lo eviten. Asimismo, un entendimiento correcto del plan fortalece nuestra determinación de honrar tenazmente el convenio del matrimonio eterno. Al meditar en esa verdad y al entenderla plenamente, se magnificarán nuestro conocimiento personal, nuestra enseñanza y nuestro poder para testificar tanto en el hogar como en la iglesia.
Principio 2: Satanás desea que todos los hombres y todas las mujeres sean miserables como él.
Lucifer ataca y distorsiona implacablemente las doctrinas que más importancia tienen para nosotros, para nuestras familias y para el mundo. ¿Hacia dónde dirige el adversario sus ataques más directos y diabólicos? Satanás se ocupa infatigablemente de confundir lo que se entiende de la identidad sexual, de fomentar el uso prematuro e incorrecto del poder procreador, y de ser un obstáculo para el matrimonio honorable, precisamente porque el matrimonio es ordenado por Dios y la familia es fundamental para el plan de felicidad. Los ataques del adversario al matrimonio eterno seguirán aumentando en intensidad, frecuencia y sutileza.
Debido a que hoy día estamos enfrascados en una batalla por el bienestar del matrimonio y del hogar, en mi última lectura del Libro de Mormón puse particular atención al modo en que los nefitas se preparaban para sus batallas contra los lamanitas. Me di cuenta de que los del pueblo de Nefi "estaban enterados del intento de [su enemigo] y, por consiguiente, se prepararon para enfrentarse a ellos. (Alma 2:12; cursiva agregada). Al leer y estudiar, aprendí que el enterarse del intento del enemigo es un requisito clave para la preparación eficaz. Del mismo modo, nosotros debemos considerar el intento de nuestro enemigo en esta guerra de los últimos días.
El plan del Padre tiene como fin proporcionar guía para Sus hijos, para ayudarles a ser felices y llevarlos seguros de nuevo hacia Él. Los ataques de Lucifer hacia el plan tienen como fin confundir a los hijos y a las hijas de Dios, hacerlos desdichados y detener su progreso eterno. El máximo objetivo del padre de las mentiras es que todos nosotros seamos "miserables como él" (2 Nefi 2:27), y se ocupa de pervertir los elementos que más detesta del plan del Padre. Satanás no tiene un cuerpo, no se puede casar y no tendrá una familia, y se esfuerza constantemente por tergiversar los propósitos divinamente prescritos del sexo de la persona, del matrimonio y de la familia. Por todo el mundo se ve una evidencia cada vez mayor de la eficacia de los esfuerzos de Satanás.
En épocas más recientes, el diablo ha intentado combinar la confusión en cuanto al sexo de la persona y el matrimonio validándola legalmente. Al mirar más allá de la mortalidad hacia la eternidad, es fácil discernir que las falsas alternativas que propone el adversario jamás conducirán al estado de plenitud que se puede lograr a través del sellamiento de un hombre y de una mujer, a la felicidad de un matrimonio honorable, al gozo de la posteridad, o a la bendición del progreso eterno.
En vista de lo que sabemos en cuanto al intento de nuestro enemigo, cada uno de nosotros debe prestar especial cuidado al buscar inspiración personal en cuanto a la forma en que podemos proteger y salvaguardar nuestro propio matrimonio, y sobre cómo podemos aprender principios correctos y enseñarlos en el hogar y en nuestras asignaciones en la Iglesia, tocante a la importancia eterna del sexo de la persona y de la función del matrimonio en el plan del Padre.
Principio 3: Las bendiciones supremas del amor y de la felicidad se obtienen por medio de la relación del convenio del matrimonio eterno.
El Señor Jesucristo es el punto principal en la relación del convenio del matrimonio. Tomen nota de cómo el Salvador está ubicado en la cúspide de este triángulo, y en la base figura una mujer en una esquina y un hombre en la otra. Consideren, ahora, lo que ocurre en la relación entre el hombre y la mujer a medida que cada uno, gradualmente, "[viene] a Cristo" y se esfuerza por ser perfeccionado en Él (Moroni 10:32). A causa del Redentor, y por medio de Él, el hombre y la mujer se acercan más el uno al otro.
A medida que el marido y su esposa son atraídos hacia el Señor (véase (3 Nefi 27:14) a medida que aprenden a servirse y a atesorarse mutuamente, a medida que comparten las experiencias de la vida, progresan juntos y llegan a ser uno, y a medida que son bendecidos mediante la unión de sus naturalezas características, se empiezan a dar cuenta de la plenitud que nuestro Padre Celestial desea para Sus hijos. La máxima felicidad, que es el objeto mismo del plan del Padre, se recibe al efectuar los convenios del matrimonio eterno y al honrarlos.
Como hombres y mujeres, esposos y esposas, y como líderes de la Iglesia, una de nuestras responsabilidades más importantes es ayudar a los hombres y a las mujeres jóvenes, mediante nuestro ejemplo personal, a aprender en cuanto al matrimonio honorable y a prepararse para el mismo. Si las mujeres y los hombres jóvenes observan en nuestro matrimonio dignidad, lealtad, sacrificio y el cumplimiento de convenios, entonces esos jovencitos buscarán emular los mismos principios en sus relaciones de cortejo y matrimonio. Si los jóvenes se dan cuenta de que hemos puesto en primer plano la comodidad y el bienestar de nuestro compañero eterno, se volverán menos egoístas y serán más capaces de dar, de servir y de crear una relación equitativa y perdurable. Si los hombres y las mujeres perciben respeto mutuo, afecto, confianza y amor entre el marido y su esposa, se esforzarán por cultivar esas mismas características. Nuestros hijos y la juventud de la Iglesia aprenderán más de lo que hagamos y de lo que somos, a pesar de que recuerden muy poco de lo que digamos.
Lamentablemente, muchos jóvenes de la Iglesia hoy en día tienen temor del matrimonio eterno y tropiezan en su progreso hacia esa meta, debido a que han visto demasiados divorcios en el mundo y convenios rotos en sus hogares y en la Iglesia.
El matrimonio eterno no es simplemente un contrato legal provisional que se puede dar por terminado en cualquier momento, por cualquier razón; es más bien un convenio sagrado con Dios que puede ligar por esta vida y por toda la eternidad. La lealtad y la fidelidad en el matrimonio no deben ser simplemente palabras atractivas que se mencionan en discursos; más bien deben ser principios que se manifiesten en nuestra propia relación del convenio del matrimonio eterno.
Al considerar la importancia de nuestro ejemplo personal, ¿se dan cuenta ustedes y yo de las áreas donde tenemos que mejorar? ¿Está el Espíritu Santo inspirando nuestra mente y ablandando nuestro corazón y alentándonos a mejorar y a ser mejores? En calidad de líderes del sacerdocio y de las organizaciones auxiliares, ¿estamos concentrando nuestros esfuerzos para fortalecer el matrimonio y el hogar?
El esposo y su esposa necesitan tiempo para estar juntos a fin de fortalecerse a sí mismos y a sus hogares contra los ataques del adversario. Al esforzarnos por magnificar nuestros llamamientos en la Iglesia, ¿estamos involuntariamente impidiendo que esposos y esposas, madres y padres cumplan sus sagradas responsabilidades en el hogar? Por ejemplo, ¿programamos a veces reuniones y actividades innecesarias de modo que interfieran con la relación esencial entre el marido y su esposa, y en la relación de ellos con sus hijos?
Al meditar con sinceridad estas preguntas, estoy seguro de que el Espíritu nos está ayudando aun ahora mismo y seguirá ayudándonos a cada uno para saber lo que debemos hacer en el hogar y en la Iglesia.
Las fuentes espirituales que necesitamos
Nuestras responsabilidades de aprender y entender la doctrina del plan, de defender el matrimonio honorable y de ser ejemplos del mismo, y de enseñar principios correctos en el hogar y en la iglesia tal vez nos hagan dudar de nuestra capacidad de llevar a cabo la tarea. Somos personas comunes y corrientes que deben llevar a cabo una obra sumamente extraordinaria.
Hace muchos años, la hermana Bednar y yo estábamos muy ocupados tratando de satisfacer las innumerables demandas de una familia joven y activa, además de responsabilidades en la Iglesia, profesionales y de la comunidad. Una noche, después de que los niños se durmieron, hablamos largo y tendido sobre cuán eficaces éramos en dar atención a todas nuestras tareas importantes. Nos dimos cuenta de que no recibiríamos en la eternidad las bendiciones prometidas si no cumplíamos más plenamente el convenio que habíamos hecho en la tierra. Juntos tomamos la determinación de hacer lo necesario para ser mejores como esposo y esposa. Esa lección, aprendida hace muchos años, ha tenido un gran impacto en nuestro matrimonio.
La dulce y sencilla doctrina del plan de felicidad nos brinda una valiosa perspectiva eterna y nos ayuda a entender la importancia del matrimonio eterno. Hemos sido bendecidos con todas las fuentes espirituales que necesitamos; tenemos la plenitud de la doctrina de Jesucristo; tenemos el Espíritu Santo y la revelación; tenemos ordenanzas salvadoras, convenios y templos; tenemos el sacerdocio y profetas; tenemos las Santas Escrituras y el poder de la palabra de Dios; y tenemos La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días.
Testifico que hemos sido bendecidos con todos los recursos espirituales que necesitamos para aprender acerca del matrimonio honorable, para enseñarlo, para fortalecerlo y para defenderlo, y que, en efecto, podemos vivir juntos, en felicidad, como esposos, esposas y familias por la eternidad. En el sagrado nombre de Jesucristo. Amén.
Notas
1. Véase Carta de la Primera Presidencia, 11 de febrero de 1999; véase Liahona, diciembre de 1999, pág. 1.
2. "La Familia: Una proclamación para el mundo", Liahona, octubre de 2004, pág. 49.
3. Liahona, octubre de 2004, pág. 49.
4. Liahona, octubre de 2004, pág. 49.
5. Liahona, octubre de 2004, pág. 49.
6. Liahona, octubre de 2004, pág. 49.
7. Autobiography of Parley P. Pratt, ed. Parley P. Pratt Jr., 1938, págs. 297–298.
(Liahona, Junio de 2006)
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Presidente Gordon B. Hinckley
"A pesar de las aflicciones que nos rodean, a pesar de las sórdidas cosas que vemos en casi todas partes, a pesar de los conflictos que cunden por el mundo, podemos ser mejores".
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| Mis amados hermanos y hermanas dondequiera que se encuentren, bienvenidos a esta gran conferencia mundial de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días. Estamos reunidos en nuestro maravilloso y nuevo Centro de Conferencias en Salt Lake City. El edificio está lleno o pronto lo estará. Estoy muy contento de que lo tengamos. Estoy tan agradecido por la inspiración de construirlo. ¡Qué estructura tan admirable! Desearía que todos pudiésemos estar reunidos bajo un mismo techo, pero eso no es posible. Estoy tan profundamente agradecido porque tenemos las maravillas de la televisión, la radio, el cable, la transmisión vía satélite y el Internet. Nos hemos convertido en una gran Iglesia mundial y ahora es posible que la gran mayoría de nuestros miembros participe en estas reuniones como una gran familia, que habla muchos idiomas, que se encuentra en muchas tierras, pero que son todos de una fe, una doctrina y un bautismo.
Esta mañana apenas puedo contener mis emociones al pensar en lo que el Señor ha hecho por nosotros.
No sé qué hicimos en la preexistencia para merecer las maravillosas bendiciones que disfrutamos. Hemos venido a la tierra en esta gran época de la larga historia de la humanidad. Es una época maravillosa, la mejor de todas. Al reflexionar en el lento pero pesado curso del género humano, desde el tiempo de nuestros primeros padres, no podemos más que sentirnos agradecidos.
La era en la que vivimos es el cumplimiento de los tiempos del que se habla en las Escrituras, en que Dios ha juntado todos los elementos de dispensaciones pasadas. Desde el día en que Él y Su Hijo Amado se manifestaron al joven José, ha venido sobre el mundo un torrente de conocimiento. El corazón de los hombres se ha tornado a sus padres como cumplimiento de las palabras de Malaquías. La visión de Joel se ha cumplido, en la que declaró:
"Y después de esto derramaré mi Espíritu sobre toda carne, y profetizarán vuestros hijos y vuestras hijas; vuestros ancianos soñarán sueños, y vuestros jóvenes verán visiones.
"Y también sobre los siervos y sobre las siervas derramaré mi Espíritu en aquellos días.
"Y daré prodigios en el cielo y en la tierra, sangre, y fuego, y columnas de humo.
"El sol se convertirá en tinieblas, y la luna en sangre, antes que venga el día grande y espantoso de Jehová.
"Y todo aquel que invocare el nombre de Jehová será salvo; porque en el monte de Sion y en Jerusalén habrá salvación, como ha dicho Jehová, y entre el remanente al cual él habrá llamado" (Joel 2:28–32).
Ha habido más descubrimientos científicos durante estos años que durante toda la historia pasada de la humanidad. El transporte, las comunicaciones, la medicina, la higiene pública, el descifre del átomo, el milagro de la computadora, con todas sus ramificaciones, han florecido en particular en nuestra propia era. Durante mi propia vida, he sido testigo de la sucesión de milagros tras maravillosos milagros. A veces no los valoramos.
Y, además de todo eso, el Señor ha restaurado Su antiguo sacerdocio; ha organizado Su Iglesia y reino durante el siglo y medio pasado; ha dirigido a Su pueblo y éste ha sido templado en el crisol de la terrible persecución. Él ha llevado a cabo la maravillosa época en la que ahora vivimos.
Hemos visto tan sólo el principio de la imponente fuerza para bien en que esta Iglesia se convertirá y, sin embargo, me maravillo ante lo que se ha logrado.
El número de miembros ha aumentado. Considero que ha aumentado en fidelidad. Perdemos a muchos, pero los que son fieles son muy fuertes. Los que nos observan dicen que vamos en dirección de la corriente religiosa, pero no estamos cambiando. La percepción que tiene el mundo de nosotros es lo que cambia. Nosotros enseñamos la misma doctrina; tenemos la misma organización; trabajamos para efectuar las mismas obras buenas, pero el antiguo odio está desapareciendo, la antigua persecución está desfalleciendo; la gente está mejor informada; está llegando a entender qué es lo que defendemos y qué hacemos.
Pero por más maravillosa que sea esta época, está llena de peligros. La maldad está a nuestro alrededor; es atractiva y tentadora y en muchísimos casos logra éxito. Pablo declaró:
"También debes saber esto: que en los postreros días vendrán tiempos peligrosos.
"Porque habrá hombres amadores de sí mismos, avaros, vanagloriosos, soberbios, blasfemos, desobedientes a los padres, ingratos, impíos,
"sin afecto natural, implacables, calumniadores, intemperantes, crueles, aborrecedores de lo bueno,
"traidores, impetuosos, infatuados, amadores de los deleites más que de Dios,
"que tendrán apariencia de piedad, pero negarán la eficacia de ella; a éstos evita" (2 Timoteo 3:1–5).
Hoy día vemos todas estas maldades en forma más común y general que lo que nunca antes se habían visto, como se nos ha recordado tan recientemente por lo ocurrido en Nueva York, Washington y Pensilvania, de lo cual hablaré mañana por la mañana. Vivimos en una época en la que los hombres violentos hacen cosas terribles e infames; vivimos en una época de guerra; vivimos en una época de arrogancia; vivimos en una época de maldad, pornografía e inmoralidad. Todos los pecados de Sodoma y Gomorra afligen a nuestra sociedad. Jamás nuestra gente joven ha enfrentado más grandes desafíos; jamás hemos visto en forma más clara la lasciva cara de la maldad.
Y por eso, mis hermanos y hermanas, estamos reunidos en esta gran conferencia para fortificarnos y fortalecernos el uno al otro, para edificarnos el uno al otro, para dar aliento y edificar la fe, para reflexionar en las cosas maravillosas que el Señor ha puesto a nuestra disposición y para fortalecer nuestra determinación de oponernos al mal en cualquier forma que se presente.
Hemos llegado a ser como un gran ejército; ahora somos un pueblo que hace sentir su influencia. Se escucha nuestra voz cuando hablamos. Hemos demostrado nuestra fortaleza al enfrentar la adversidad. Nuestra fortaleza yace en nuestra fe en el Todopoderoso. Ninguna causa bajo los cielos puede detener la obra de Dios. La adversidad podrá asomar su infame rostro; el mundo podrá ser afligido con guerras y rumores de guerra, pero esta causa seguirá adelante.
Ustedes están familiarizados con estas elocuentes palabras escritas por el profeta José: ". . .ninguna mano impía puede detener el progreso de la obra: las persecuciones se encarnizarán, el populacho podrá conspirar, los ejércitos podrán juntarse, y la calumnia podrá difamar; mas la verdad de Dios seguirá adelante valerosa, noble e independientemente, hasta que haya penetrado en todo continente, visitado toda región, abarcado todo país y resonado en todo oído, hasta que se cumplan los propósitos de Dios, y el gran Jehová diga que la obra está concluida" (Nuestro Legado: Una breve historia de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, pág. 245).
El Señor nos ha dado la meta hacia la cual aspiramos. Esa meta es edificar Su reino, lo que constituye una poderosa causa de grandes cantidades de hombres y mujeres de fe, de integridad, de amor e interés por la humanidad, que avanzan para crear una sociedad mejor, trayendo bendiciones sobre sí mismos y sobre los demás.
Al reconocer nuestro lugar y nuestra meta, no podemos ser arrogantes; no podemos sentirnos superiores; no podemos ser petulantes ni egoístas. Debemos tender una mano a todo el género humano; son hijos e hijas de Dios, nuestro Padre Eterno y Él nos hará responsables por lo que hagamos en cuanto a ellos. Que el Señor nos bendiga. Ruego que nos haga fuertes y poderosos en obras buenas; ruego que nuestra fe brille como la luz de la mañana. Que caminemos en obediencia a Sus mandamientos divinos. Ruego que Él nos dé Su aprobación, que al avanzar bendigamos a la humanidad influyendo en todos, elevando a los perseguidos y oprimidos, alimentando y vistiendo al hambriento y al necesitado, extendiendo amor y hermandad hacia aquellos que nos rodean que quizás no sean parte de esta Iglesia. El Señor nos ha mostrado el camino; nos ha dado Su palabra, Su consejo, Su guía, sí, Sus mandamientos. Hemos progresado; tenemos mucho que agradecer y mucho de que sentirnos orgullosos, pero podemos ser mejores, mucho mejores.
¡Cómo les amo, mis hermanos y hermanas de esta gran causa! Les amo por lo que han llegado a ser y por lo que pueden llegar a ser. A pesar de las aflicciones que nos rodean, a pesar de las sórdidas cosas que vemos en casi todas partes, a pesar de los conflictos que cunden por el mundo, podemos ser mejores.
Invoco las bendiciones del cielo sobre ustedes al expresar mi amor por ustedes y les recomiendo los grandes mensajes que escucharán desde este púlpito durante los dos próximos días, y lo hago en el sagrado nombre de nuestro Señor Jesucristo. Amén.
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Élder Dennis B. Neuenschwander De la Presidencia de los Setenta
"Existe un abismo cada vez más grande entre las normas del mundo y las del Evangelio y el reino de Dios, y. . . los profetas vivientes siempre enseñarán las normas de Dios".
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| Hermanos, esta noche quisiera contarles una experiencia que tiene un gran significado para mí. Durante la sesión del domingo por la tarde de la Conferencia General del 6 de abril de 1986, tuvo lugar una Asamblea Solemne, cuyo propósito era sostener a Ezra Taft Benson como profeta, vidente y revelador, y decimotercer Presidente de la Iglesia. Se invitó a todos los miembros a tomar parte, ya fuese que estuviesen presentes en el Tabernáculo o participaran por medio de la radio o la televisión. Como familia, aceptamos la invitación de tomar parte en nuestra casa y, con la excepción de un hijo que estaba sirviendo en el campo misional, todos nos encontrábamos allí: un sumo sacerdote, un presbítero, un diácono, un hijo de once años y mi esposa, LeAnn. De acuerdo con las indicaciones y por turno, cada uno de los que poseíamos el sacerdocio nos pusimos de pie y después lo hizo el resto de la familia, y todos juntos sostuvimos al presidente Benson.
¿Por qué llama el Señor a profetas, videntes y reveladores? Y, ¿cómo los sostenemos?
La responsabilidad fundamental de los profetas, videntes y reveladores, todos los cuales poseen autoridad apostólica, es testificar con convencimiento del nombre de Cristo en todo el mundo. Ese llamamiento básico de ser testigos especiales de Su nombre ha permanecido invariable siempre que ha habido Apóstoles sobre la tierra. Ese testimonio, que se recibe del Espíritu Santo por medio de la revelación, fue el núcleo de la Iglesia del Nuevo Testamento y es el punto central de la Iglesia en la actualidad. El día de Pentecostés, Pedro dio un claro testimonio de que a Jesús de Nazaret lo habían prendido, matado y crucificado y de que había sido levantado, "sueltos los dolores de la muerte"; de todo eso habían sido testigos los Apóstoles1. Tan potente fue ese testimonio de Jesucristo que dio aquel Apóstol viviente, que se efectuó un cambio en el corazón y cerca de tres mil personas se bautizaron para la remisión de sus pecados. Leemos que esos nuevos conversos perseveraron "en la doctrina de los apóstoles, en la comunión unos con otros, en el partimiento del pan y en las oraciones"2. Este relato del libro de Hechos brinda un profundo significado espiritual a las palabras que Pablo escribió más adelante a los efesios, de que quienes abracen el Evangelio formarán parte de la familia de Dios "edificados sobre el fundamento de los apóstoles y profetas, siendo la principal piedra del ángulo Jesucristo mismo"3.
En esta dispensación de la restauración, el profeta José Smith enseñó: "Los principios fundamentales de nuestra religión son el testimonio de los apóstoles y profetas concernientes a Jesucristo: que murió, fue sepultado, se levantó el tercer día y ascendió a los cielos; y todas las otras cosas que pertenecen a nuestra religión son únicamente dependencias de esto"4.
Con el fin de observar esa responsabilidad divina que se mandó, de testificar con convencimiento del nombre de Cristo en todo el mundo, los Apóstoles vivientes de nuestra época han dado su testimonio. En la proclamación: "El Cristo Viviente", ellos declaran la restauración de Su sacerdocio y de Su Iglesia, testifican de Su Segunda Venida y dan "testimonio, en calidad de Sus apóstoles debidamente ordenados, de que Jesús es el Cristo Viviente, el inmortal Hijo de Dios"5.
Tanto los Apóstoles de la antigüedad como los de la actualidad testifican del nombre de Jesucristo porque ". . .no se dará otro nombre, ni otra senda ni medio, por el cual la salvación llegue a los hijos de los hombres, sino en el nombre de Cristo, el Señor Omnipotente. . ."6.
Segundo, profetas, videntes y reveladores enseñan con claridad la palabra de Dios de que todos Sus hijos se beneficiarán y serán bendecidos si obedecen las enseñanzas de ellos. El presidente Hinckley escribió sobre Joseph Fielding Smith: "Sí, hablaba con franqueza y sin rodeos; ésa es la misión de un profeta"7. La necesidad de maestros proféticos que saben la palabra revelada de Dios y la hablan con franqueza y sin temor es tan importante hoy día como lo fue en el pasado. En un mundo confuso de ideas conflictivas, de valores cambiantes y de deseos egoístas por el poder, sería bueno que estudiáramos con detenimiento la conversación que se llevó a cabo entre Felipe y el hombre de Etiopía. Mientras éste leía la Escrituras, Felipe corrió hacia él y le preguntó: ". . .¿entiendes lo que lees? El dijo: ¿Y cómo podré, si alguno no me enseñare?"8.
Al pueblo del Señor, Alma enseñó:
"[No] confiéis en nadie para que sea vuestro maestro ni vuestro ministro, a menos que sea un hombre de Dios, que ande en sus vías y guarde sus mandamientos. . . y nadie era consagrado a menos que fuera hombre justo. Por tanto, velaban por su pueblo, y lo sustentaban con cosas pertenecientes a la rectitud"9.
Esas palabras describen perfectamente a los profetas, videntes y reveladores que dirigen esta Iglesia. Ellos hablan las palabras de Dios con claridad, autoridad y entendimiento.
Tercero, sostenemos a quince hombres no sólo como profetas y reveladores, sino también como videntes. De la presencia de videntes entre nosotros no se habla mucho, mas la habilidad de ver más allá del presente brinda poder y autoridad a la enseñanza y al testimonio apostólicos. Voy a referirme a dos pasajes de las Escrituras que hablan de este importante y extraordinario llamamiento. Según el Libro de Mormón, Ammón enseñó al rey Limhi que ". . .un vidente puede saber de cosas que han pasado y también de cosas futuras; y por este medio todas las cosas serán reveladas. . . y también manifestarán cosas que de otra manera no se podrían saber"10.
En la Perla de Gran Precio leemos que el Señor dio instrucciones a Enoc de que se untase los ojos con barro y se los lavara, y de esa forma vería. Y Enoc lo hizo.
"Y vio. . . cosas que el ojo natural no percibe; y desde entonces se esparció este dicho por la tierra: El Señor ha levantado un vidente a su pueblo"11.
Acerca de la pregunta sobre qué nos dan a conocer nuestros videntes modernos, que de otro modo no se sabría, y qué ven que no percibe el ojo natural, daré una respuesta sencilla. Escuchen, mediten y examinen con oración qué nos enseñan y qué hacen. Al hacerlo, saldrá a la luz un modelo que revelará mucho y que nos dará la respuesta a esa pregunta.
Vuelvo ahora a lo que ocurrió en mi familia durante la Asamblea Solemne. Al terminar la votación, el presidente Hinckley, que conducía, dijo: "Gracias, hermanos y hermanas, por el voto de sostenimiento. Pensamos que no sólo nos han sostenido con la mano, sino también con el corazón, con la fe y con las oraciones que tan urgentemente necesitamos. Y rogamos que continúen haciéndolo"12. Hermanos, el modo en que demostramos nuestro sostenimiento a los profetas, videntes y reveladores no es solamente levantando la mano, sino más bien por medio de la valentía, el testimonio y la fe para escucharles, para obedecerles y seguirles.
Pero, me pregunto: Si eso es tan claro, ¿por qué es tan difícil? Podría haber muchas respuestas a esa pregunta, pero creo que en realidad hay sólo una. Gran parte de la dificultad radica en nuestro deseo de parecer más aceptables al mundo que a Dios.
Las enseñanzas de un profeta viviente son muchas veces contrarias a las tendencias del mundo. Nosotros, en calidad de Santos de los Últimos Días y poseedores del sacerdocio de Dios, debemos comprender que existe un abismo cada vez más grande entre las normas del mundo y las del Evangelio y el reino de Dios, y que los profetas vivientes siempre enseñarán las normas de Dios. Por mucho que deseemos que el Evangelio se ajuste al mundo, es imposible; nunca ha pasado ni nunca pasará.
Mucho de nuestro mundo actual está fundamentado en la satisfacción de los caprichos, en la ganancia y el placer inmediatos y en la aceptación social a cualquier precio. El Evangelio y el reino de Dios son mucho más que eso. Entre las características que Dios valora más se encuentran la paciencia, la longanimidad, la entereza, la bondad y el amor fraternal, ninguna de las cuales se logra a corto plazo ni se cultiva en un momento.
Hermanos, el tener profetas, videntes y reveladores vivientes entre nosotros y no prestarles atención es lo mismo que simplemente no tenerlos. El profeta Jacob deseaba que las palabras que hombres justos habían escrito con tanta dificultad sobre las planchas, sus hijos las recibieran con corazones agradecidos y aprendieran de ellas "con gozo, no con pesar"13. Que seamos así de prudentes para hacer lo mismo con las palabras de los profetas, videntes y reveladores de nuestra época.
Doy testimonio del poder salvador de la expiación de Jesucristo. Doy testimonio de los apóstoles, profetas, videntes y reveladores vivientes. En el nombre de Jesucristo. Amén.
Notas
1. Hechos 2:23 24; véase también el versículo 32. 2. Hechos 2:42. 3. Efesios 2:20. 4. Enseñanzas del Profeta José Smith, pág. 141. 5. "El Cristo Viviente: El Testimonio de los Apóstoles", Liahona, abril de 2000, pág. 3. 6. Mosíah 3:17. 7. "Creed a sus profetas", Liahona, julio de 1992, pág. 59. 8. Hechos 8:3031. 9. Mosíah 23:14, 1718. 10. Mosíah 8:17. 11 .Moisés 6:3536; véase también el versículo 35. 12. Véase "La Asamblea Solemne y el sostenimiento de oficiales de la Iglesia", Liahona, julio de 1986, pág. 68. 13. Jacob 4:3.
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Élder Dallin H. Oaks del Quórum de los Doce Apóstoles
"En el uso que hacen los Santos de los Últimos Días de las palabras "salvo" y "salvación", existen, por lo menos, seis significados diferentes".
¿Qué responde cuando alguien le pregunta: "Ha sido usted salvo"? Esta pregunta, tan común entre algunos cristianos, puede llegar a ser desconcertante para los miembros de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, ya que no encaja dentro de nuestra manera de expresarnos. Solemos referirnos a ser "salvos" o a la "salvación" como un hecho futuro más que como algo que ya se ha verificado.
Los buenos cristianos a menudo atribuyen diferentes significados a términos claves del Evangelio, tales como salvo o salvación. Si respondemos de acuerdo con lo que el interlocutor probablemente quiere decir al preguntarnos si hemos sido "salvos", la respuesta debe ser "sí". Si contestamos de acuerdo con los varios significados que damos a las palabras salvo o salvación, la respuesta seguirá siendo "sí" o "sí, pero con ciertas condiciones".
I.
Según entiendo lo que quieren decir los buenos cristianos que se expresan en estos términos, somos "salvos" cuando declaramos o confesamos sinceramente que hemos aceptado a Jesucristo como nuestro Señor y Salvador personal. Este significado se basa en las palabras que el apóstol Pablo enseñó a los cristianos de su época:
". . .si confesares con tu boca que Jesús es el Señor, y creyeres en tu corazón que Dios le levantó de los muertos, serás salvo.
"Porque con el corazón se cree para justicia, pero con la boca se confiesa para salvación" (Romanos 10:910).
Para los Santos de los Últimos Días, las palabras "salvo" y "salvación" dentro de esta enseñanza significan una relación actual de convenio con Jesucristo que le permite a uno ser salvo de las consecuencias del pecado, si somos obedientes. Todo Santo de los Últimos Días que sea sincero, es "salvo" conforme a este significado. Hemos sido convertidos al Evangelio restaurado de Jesucristo, hemos pasado por las experiencias del arrepentimiento y del bautismo y renovamos nuestros convenios bautismales al participar de la Santa Cena.
II.
En el uso que hacen los Santos de los Últimos Días de las palabras "salvo" y "salvación", existen, por lo menos, seis significados diferentes. Según algunos de ellos, nuestra salvación está garantizada; ya hemos sido salvos. Según otros, debemos hablar de la salvación dentro del contexto de un acontecimiento futuro (por ejemplo 1 Corintios 5:5) o como algo sujeto a algo que acontecerá más adelante (por ejemplo Marcos 13:13). Pero en todos estos significados o clases de salvación, ésta se logra en Jesucristo y por medio de Él.
Primero, a todos los seres mortales se nos ha salvado de la permanencia de la muerte por medio de la resurrección de Jesucristo. "Porque así como en Adán todos mueren, también en Cristo todos serán vivificados" (1 Corintios 15:22).
En cuanto a salvarnos del pecado y de sus consecuencias, nuestra respuesta a la pregunta de si hemos sido salvos o no es "sí, pero con ciertas condiciones". Nuestro tercer Artículo de Fe declara nuestro credo:
"Creemos que por la Expiación de Cristo, todo el género humano puede salvarse, mediante la obediencia a las leyes y ordenanzas del Evangelio" (Artículo de Fe Nº 3).
Muchos versículos de la Biblia afirman que Jesús vino a quitar el pecado del mundo (por ejemplo Juan 1:29; Mateo 26:28). En el Nuevo Testamento a menudo se hace referencia a la gracia de Dios y a la salvación por la gracia (por ejemplo Juan 1:17; Hechos 15:11; Efesios 2:8). Pero también menciona muchos mandamientos específicos sobre la conducta personal y sobre la importancia de las obras (por ejemplo Mateo 5:16; Efesios 2:10; Santiago 2:1417). Además de ello, el Salvador enseñó que debemos perseverar hasta el fin para ser salvos (véase Mateo 10:22; Marcos 13:13).
Basados en todas las enseñanzas de la Biblia y en las aclaraciones recibidas por medio de las revelaciones modernas, testificamos que el quedar limpios del pecado mediante la expiación de Cristo está condicionado a la fe del pecador, la cual debe manifestarse mediante la obediencia al mandato del Señor de arrepentirse, bautizarse y recibir el Espíritu Santo (véase Hechos 2:3738). "De cierto, de cierto te digo", enseñó Jesús, "que el que no naciere de agua y del Espíritu, no puede entrar en el reino de Dios" (Juan 3:5; véase también Marcos 16:16; Hechos 2:3738). Los creyentes que han pasado por este renacimiento requerido bajo las manos de aquellos que tienen la debida autoridad ya se han salvado del pecado condicionalmente, pero no serán salvos definitivamente en tanto no completen su prueba terrenal en conjunto con el proceso continuo que se requiere de ellos del arrepentimiento, la fidelidad, el servicio y la perseverancia hasta el fin.
Algunos cristianos acusan a los Santos de los Últimos Días que responden de esta manera, de negar la gracia de Dios, al afirmar que pueden obtener su propia salvación. Respondemos a tal acusación con las palabras de los profetas del Libro de Mormón. Nefi enseñó: "Porque nosotros trabajamos diligentemente. . . a fin de persuadir a nuestros hijos. . . a creer en Cristo y a reconciliarse con Dios; pues sabemos que es por la gracia por la que nos salvamos, después de hacer cuanto podamos" (2 Nefi 25:23). Y ¿qué es "cuanto podamos"? Por cierto que comprende el arrepentimiento (véase Alma 24:11) y el bautismo, guardar los mandamientos y perseverar hasta el fin. Moroni suplicó: "Sí, venid a Cristo, y perfeccionaos en él, y absteneos de toda impiedad, y si os abstenéis de toda impiedad, y amáis a Dios con toda vuestra alma, mente y fuerza, entonces su gracia os es suficiente, para que por su gracia seáis perfectos en Cristo. . ." (Moroni 10:32).
No nos salvamos en nuestros pecados; en otras palabras, no somos salvos incondicionalmente al confesar a Cristo y después, por naturaleza, cometer pecados a lo largo de la vida (véase Alma 11:3637). Somos salvos de nuestros pecados (véase Helamán 5:10) por medio de una renovación semanal de nuestro arrepentimiento y purificación a través de la gracia de Dios y de Su bendito plan de salvación (véase 3 Nefi 9:2022).
La pregunta de si una persona es salva, a menudo se formula en el sentido de si esa persona ha "vuelto a nacer". El "volver a nacer" es una referencia familiar de la Biblia y del Libro de Mormón. Como dije antes, Jesús enseñó que a menos que un hombre "naciere de nuevo" (Juan 3:3), de agua y del Espíritu, no podrá entrar en el reino de Dios (véase Juan 3:5). El Libro de Mormón contiene muchas enseñanzas sobre la necesidad de "nacer otra vez" o "nacer de Dios" (véase Mosíah 27:2426; Alma 36:24, 26; Moisés 6:59). Según entendemos estos pasajes, la respuesta que damos a la pregunta de si hemos nacido de nuevo es un contundente "sí". Lo hicimos cuando entramos en una relación de convenio con nuestro Salvador al nacer de agua y del Espíritu y al tomar sobre nosotros el nombre de Jesucristo. Y ese renacimiento lo podemos renovar todos los días de reposo al participar de la Santa Cena.
Los Santos de los Últimos Días afirmamos que aquellos que han vuelto a nacer de esta manera son engendrados hijos e hijas espirituales de Jesucristo (véase Mosíah 5:7; 15:913; 27:25). Sin embargo, a fin de recibir la plenitud de las bendiciones de esta condición de volver a nacer, debemos seguir honrando nuestros convenios y perseverar hasta el fin. Mientras tanto, mediante la gracia de Dios, hemos vuelto a nacer como nuevas criaturas con una nueva paternidad espiritual y las perspectivas de una herencia gloriosa.
Otro significado de salvarnos es el ser salvos de las tinieblas debido a la falta de conocimiento que se pueda tener respecto de Dios el Padre y de Su Hijo Jesucristo, del propósito de la vida y del destino del hombre y de la mujer. El Evangelio que nos es dado a conocer por medio de las enseñanzas de Jesucristo nos brinda este tipo de salvación. "Yo soy la luz del mundo; el que me sigue, no andará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida" (Juan 8:12; véase también Juan 12:46).
Para los Santos de los Últimos Días, el ser "salvos" también puede querer decir ser salvos o rescatados de la segunda muerte (o sea la muerte espiritual final) gracias a la seguridad de un reino de gloria en el mundo venidero (véase 1 Corintios 15:4042). Así como la Resurrección es universal, afirmamos que todo ser que haya vivido sobre la faz de la tierra--a excepción de unos pocos--tienen asegurada la salvación en este sentido. Como leemos en la revelación moderna:
"Y éste es el evangelio, las buenas nuevas. . .
"Que vino al mundo, sí, Jesús, para ser crucificado por el mundo y para llevar los pecados del mundo, y para santificarlo y limpiarlo de toda iniquidad;
"para que por medio de él fuesen salvos todos aquellos a quienes el Padre había puesto en su poder y había hecho mediante él;
"y él glorifica al Padre y salva todas las obras de sus manos, menos a esos hijos de perdición que niegan al Hijo después que el Padre lo ha revelado" (D. y C. 76:4043; cursiva agregada).
El profeta Brigham Young enseñó esa doctrina cuando declaró que "toda persona que no pierda el día de gracia por causa del pecado ni se convierta en uno de los ángeles del Diablo será levantada para heredar un reino de gloria" (Enseñanzas de los Presidentes de la Iglesia: Brigham Young, 1997, pág. 302). Este significado de la palabra "salvo" ennoblece a la totalidad de la raza humana por medio de la gracia de nuestro Señor y Salvador Jesucristo. En este sentido del término, todos deberíamos responder: "Sí, he sido salvo. ¡Gloria a Dios por el Evangelio y el don y la gracia de Su Hijo!".
Por último, en otro contexto familiar y singular entre los Santos de los Últimos Días, los términos salvo y salvación se emplean también para denotar la exaltación o vida eterna (véase Abraham 2:11). Algunas veces se le llama a esto la "plenitud de la salvación" (véase Bruce R. McConkie, The Mortal Messiah, 4 tomos, 19791981, 1:242). Esta salvación requiere más que el arrepentimiento y el bautismo mediante la debida autoridad del sacerdocio. También requiere que se efectúen convenios sagrados, entre ellos el matrimonio eterno en los templos de Dios, así como el ser fieles a esos convenios mediante la perseverancia hasta el fin. Si usamos la palabra salvación para referirnos a "exaltación", resultaría prematuro que una persona dijera que ha sido "salva" en la vida terrenal. Ese glorioso estado se alcanzará únicamente después del juicio final ante Aquel que es el Gran Juez de vivos y muertos.
Hice la sugerencia de que la sencilla respuesta a la pregunta de si un fiel miembro de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días ha sido salvo o ha nacido de nuevo, debe ser un ferviente "sí". Nuestra relación de convenio con nuestro Salvador nos coloca en esa condición de ser "salvos" o "nacidos de nuevo" a la que se refieren quienes formulan la pregunta. Algunos profetas contemporáneos también han usado los términos "salvación" o "salvos" en ese mismo tiempo presente. El presidente Brigham Young declaró:
"La salvación presente y la presente influencia del Espíritu Santo es lo que necesitamos a diario para mantenernos en el estado de ser salvos. . .
"Yo quiero la salvación presente. . . La vida es para nosotros y es para que la recibamos hoy sin tener que esperar hasta el Milenio. Vivamos de tal manera que podamos ser salvos hoy" (Discourses of Brigham Young, selec. John A. Widtsoe, 1954, págs. 1516). El presidente David O. McKay habló del Evangelio revelado de Jesucristo en el mismo tiempo presente de "salvación aquí; aquí y ahora" (Gospel Ideals, 1953, pág. 6).
III.
Habré de terminar analizando otra importante pregunta que se nos hace a los miembros y líderes de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días: "¿Por qué envían misioneros a predicar a otros cristianos?". Algunas veces esto se pregunta con curiosidad y otras con resentimiento.
Mi experiencia más memorable con esa pregunta la tuve hace algunos años en la región que entonces conocíamos como la Europa soviética. Tras muchos años de hostilidad comunista hacia la religión, a esos países se les dio, en forma repentina y milagrosa, una cierta medida de libertad religiosa. Cuando esas puertas se abrieron, muchas denominaciones cristianas enviaron a sus misioneros. Como parte de nuestra preparación para esa empresa, la Primera Presidencia mandó a miembros del Quórum de los Doce Apóstoles a reunirse con dignatarios gubernamentales y religiosos de esas naciones. Nuestra asignación era presentarnos y explicar lo que harían nuestros misioneros.
El élder Russell M. Nelson y yo visitamos al líder de la Iglesia Ortodoxa de uno de esos países. Se trataba de un hombre que había contribuido a mantener viva la luz del cristianismo a lo largo de las obscuras décadas de represión comunista. Lo describí en mi diario como un hombre cálido y amable que me impresionó como un siervo del Señor. Menciono esto para que no vayan a pensar que había el más mínimo espíritu de arrogancia o animosidad en nuestra conversación de casi una hora. El encuentro fue agradable y cordial, pleno del espíritu de buena voluntad que siempre debe caracterizar las conversaciones entre hombres y mujeres que aman al Señor y procuran servirle, cada cual según su propio entendimiento.
Nuestro anfitrión nos habló de las actividades de su iglesia durante el período de represión comunista; describió las varias dificultades que su iglesia y su obra estaban experimentando al emerger de ese período y al tratar de recobrar su antigua posición en la vida del país y en el corazón de la gente. Después de presentarnos le hablamos de nuestras creencias básicas; explicamos que en poco tiempo habríamos de empezar a enviar misioneros a ese país y le expusimos cómo habrían ellos de llevar a cabo sus responsabilidades.
Él preguntó: "¿Predicarán sus misioneros sólo a los no creyentes o tratarán de predicarles también a quienes creen?". Le respondimos que nuestro mensaje era para todos: creyentes y no creyentes por igual. Le dijimos que existían dos razones fundamentales para ello: una basada en el principio y la otra en el aspecto práctico. Le explicamos que predicábamos tanto a creyentes como a no creyentes porque nuestro mensaje, el Evangelio restaurado, constituye un importante agregado al conocimiento, a la felicidad y a la paz de toda la humanidad. Desde el punto de vista práctico, predicamos a los creyentes así como a los no creyentes porque no podemos diferenciar entre los unos y los otros. Recuerdo que le pregunté a ese distinguido líder: "Cuando usted se pone de pie frente a una congregación y observa los rostros de la gente, ¿puede advertir alguna diferencia entre los que son creyentes y los que no lo son?". Sonrió irónicamente y percibí una cierta admisión de su parte de que había comprendido mi observación.
Por medio de misioneros y miembros, el mensaje del Evangelio restaurado está llegando a todo el mundo. A quienes no son cristianos, testificamos de Cristo y compartimos las verdades y las ordenanzas de Su Evangelio restaurado. Con los cristianos hacemos lo mismo. Aun si un cristiano ha sido "salvo", en el sentido familiar que hemos tratado antes, le enseñamos que aún queda más por aprender y por vivir. Como dijo recientemente el presidente Hinckley: "No discutimos ni debatimos. Simplemente les decimos: 'Traigan todo lo bueno que ya poseen y veamos si podemos agregar algo más a ello'" ("The BYU Experience", reunión espiritual en la Universidad Brigham Young, 4 de noviembre de 1997).
La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días ofrece a todos los hijos de Dios la oportunidad de aprender la plenitud del Evangelio de Jesucristo tal cual fue restaurado en estos días postreros. Ofrecemos a todos el privilegio de recibir todas las ordenanzas de salvación y exaltación.
Invitamos a todos a escuchar este mensaje y extendemos una invitación a todos cuantos reciban un testimonio confirmatorio del Espíritu a que le presten atención. Estas cosas son verdaderas, lo testifico en el nombre de Jesucristo. Amén.
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